TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 22 de marzo de 2025

VALLEBRUMA

El Día que Respira entre las Montañas

El pueblo de Vallebruma amanecía siempre igual: las campanas sonaban tres veces, la niebla reptaba por las calles empedradas, y el sol apenas rozaba los tejados de pizarra antes de esconderse tras las montañas. Era el 9 de octubre de 1823. Siempre lo fue. Siempre lo sería.

Cada día traía consigo las mismas voces, los mismos pasos en el mercado, el mismo olor a pan recién horneado y leña húmeda. Pero había cicatrices. La mayoría de los habitantes no las notaban, perdidos en la ilusión de que vivían una vida real. Sin embargo, Clara, una niña de ocho años que no envejecía, veía las costuras de la repetición: hilos dorados flotaban en el aire, marcando los objetos que pertenecían a versiones pasadas del día. Un sombrero con agujeros de bala, una carta en francés que nadie podía leer, un espejo que reflejaba rostros deformes por heridas que no existían.

Clara llevaba tres bucles intentando convencer a su madre de que su hermano menor, Tomás, no estaba perdido en el bosque, sino atrapado en una versión anterior del ciclo. Su madre la miraba con cansancio y ternura, repitiendo cada vez las mismas palabras: "Tu hermano murió, Clara. No insistas más." Pero Clara sabía que eso no era cierto.

Don Teo, el anciano que tallaba muñecas de madera idénticas cada día, era el único que le creía. Sus manos temblorosas daban forma a los rostros, pero cada figura terminaba carbonizada antes del atardecer. “El fuego siempre llega”, decía con una sonrisa triste, como si ya no le importara. A veces susurraba fragmentos de recuerdos que no pertenecían a ese día: "Hubo una vez una niña llamada Isabel que rompió una promesa… La Dama del Eclipse la está esperando. La espera a ella, o a cualquiera que tenga su mismo valor."

La Dama del Eclipse no era malvada, solo paciente. Observaba desde el centro de la capilla abandonada, donde los frescos descoloridos mostraban su rostro de obsidiana. El pacto era claro: una vida por la prosperidad de Vallebruma. Isabel huyó el día del eclipse, llevándose el reloj de arena que sellaba el acuerdo. El pueblo fue bendecido con cosechas abundantes… pero la promesa rota abrió una herida en el tiempo. Desde entonces, Vallebruma vivía el mismo día, una y otra vez.

Clara encontró el reloj oculto en la cripta familiar de Doña Alba, la bisnieta de Isabel. La anciana sabía la verdad, pero temía más al futuro que al pasado. "Mejor repetir un día conocido que despertar en un mañana sin alma", le dijo, con las manos crispadas sobre su bastón. Clara no la escuchó. Los hilos dorados la guiaban.

Cuando el sol comenzó a oscurecer tras la luna y la luz se convirtió en sombra líquida, Clara corrió hacia la capilla. El aire vibraba. La Dama del Eclipse emergió de la pintura, con su rostro frío e indiferente. Su voz resonó en la mente de Clara, más que en sus oídos.

"Tienes una elección, niña de los hilos. Romper el bucle… y el pueblo despertará. Pero recordarán. Recordarán el fuego, la muerte, y el hermano que nunca existió más allá de este día. O puedes dejar que todo siga como está. Y él seguirá vivo, aquí, en el eco de la niebla."

Clara sintió el reloj pesado en sus manos. Pensó en Tomás, en sus risas, en cómo corría por la plaza con los otros niños. Sabía la verdad. No era más que un eco del primer día, un sueño que su corazón había arrastrado desde el primer bucle.

Sus dedos temblaron. Cerró los ojos. Y giró el reloj de arena.

El eclipse terminó. El sol volvió a brillar, más brillante que nunca. La niebla se disipó. Las casas de piedra se convirtieron en edificios de cristal y metal. Los caminos se llenaron de automóviles rugientes. Vallebruma ya no era Vallebruma.

Los aldeanos envejecieron en segundos. Don Teo cayó de rodillas, sonriendo mientras sus ojos se apagaban. "Por fin duermo sin sueños." Doña Alba se desmoronó en polvo, llevándose consigo los secretos de su familia. Y Clara… Clara sintió su cuerpo crecer de golpe, pero su corazón quedó atrapado en la misma niña de siempre.

Buscó a Tomás entre la multitud de rostros desconocidos, pero no estaba. No existió jamás.

La Dama susurró, su voz como la brisa que llega antes de la noche: "Las promesas rotas se pagan, pero los corazones rotos... esos son tuyos para guardar."

Clara, ahora con el alma de una anciana en el cuerpo de una niña, caminó hacia el bosque. Entre los árboles, vio una silueta. Isabel, la verdadera Isabel, abrazaba a un niño pálido y sonriente. Tomás. Ambos la miraron y sonrieron, justo antes de desvanecerse en la luz del amanecer.

El reloj de arena cayó de sus manos. La arena giraba hacia adelante… y hacia atrás.

El viento trajo el eco de una campana, sonando tres veces. La niebla regresó. Y Vallebruma respiró de nuevo.

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