TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

domingo, 29 de marzo de 2026

El Pomo

 

El Pomo

Quedarse la mano en el pomo sin girar.

En ese espacio del rellano.

Pesar el silencio entre dos puertas.

Primero un paso, luego el vacío.

Doblar el aire con el cuerpo que vuelve.

Ese ascensor que nunca llega.

Esperar sin saber si es cobardía o raíz.

Se hace necesario recordar.

Volver la cabeza hacia el olor de adentro.

El café molido.

Humedecer la nariz con lo que no se puede dejar.

Pero tengo que huir de esa puerta.

Correr sin mover los pies.

Llega el ascensor y con él bajo hacia no sé dónde.

Tragar el piso de golpe, la ciudad entera.

¿Estaré en el purgatorio?

Subir y bajar sin llegar a ningún cielo.

Ese es mi destino errante.

Llevar la maleta dentro, no en la mano.

Como una memoria postiza.

Pegar recuerdos ajenos donde duele lo propio.

Historias jamás contadas.

Guardar el hueso de lo que nadie preguntó.

Encerrarlo entre los dientes.

Morder el silencio hasta que sangre.

Y curar el viento que salvaje aúlla.

A recoger mis rayos más luminosos.

Brillar con lo que casi destruye.

Para volver a cerrar la puerta.

El Cuerpo que Aprende a Ser Aire

 


Despertar sin saber si el día es hoy o su propio eco.

No fijarme en el calendario.

Sentir el peso del aire antes de abrir los ojos.

Mis párpados soñadores sintiendo la luz.

Filtrarse el sol entre las grietas del sueño.

Son sueños de ángeles enamorados.

Rozar las alas sin saber si son propias.

O es mi ala rota que finge volar entre sábanas.

Caer despacio en el hueco tibio de la mañana.

O volar entre mundos desiertos con fuerte viento.

Llevar la tormenta adentro mientras afuera el aire está quieto.

Líquido es el espacio que atravieso, sobrevivo al tiempo.

Nadar entre horas que no tienen orilla.

Me he perdido en esta playa de luz y tiniebla.

Quedar la arena pegada en los pies, el rastro de haber estado.

Son mis huellas el síntoma de estar vivo.

Latir el suelo bajo cada paso como un corazón ajeno.

Es ausencia el vendaval que navega sin rumbo.

Ser el viento una herida que no sabe a quién busca.

Para atravesar cuerpos desnudos y llenarlos de historia.

Quedar grabado en la piel lo que el tiempo no pudo decir.

Como un libro sagrado.

Abrirse las páginas solas cuando nadie mira.

Libro sin tapas, sin números ni hojas.

Ser solo la palabra que flota antes de escribirse.

Una idea, de sombra y pan.

Alimentar el hambre con lo que aún no tiene forma.

Como un presagio tatuado entre tus manos.

Leer el futuro en las líneas que el miedo dejó.

Sería una historia no buscada.

Encontrarse sin haber salido a buscar.

Ser manantial de tus ojos.

Nacer el agua donde la mirada toca.

Como un milagro de tu dios enemigo.

Arder la fe en el mismo fuego que la destruyó.

Una corona de plumas angelicales.


📡 Telegramas del Otro Lado

Gramática de la Presencia Pura

 


Despertar en la llanura de tulipanes. Sentir el sol, la luz, el peso dulce del aire sobre la piel. No llevar nombre.

Flotar la túnica de seda al viento. Mostrar el pecho blanco, el vientre liso, la cadera suave. Ser el cuerpo una bandera de carne en mitad del cielo limpio. Caminar sobre la hierba húmeda. Sentir el frío, el barro, el pulso sordo de los pies descalzos.


Observar los restos en el suelo. Cráneos canosos. Costillas rotas. Manos de tierra. Arrodillarse ante el torso inerte. Acariciar el hueso frío. Abrazar la ausencia sin nombre. Ignorar el gruñido, el hambre, el movimiento lento de los labios muertos.


Erguirse una figura gris en el límite del campo. No correr. Esperar. Dejar que el rastro de calor llegue solo.

No golpear el rostro. No lanzar el rayo. No sentir el miedo.

Coger la mano del atacante. Guiar el cuerpo al suelo con ternura. Dejar el hambre en la tierra.


Ver los tulipanes devorar el rastro. Soltar la última tela al aire. Quedar la desnudez total bajo el sol inmenso.

No ser carne. No ser luz. Ser vibración.


Perder el contorno en el horizonte. Olvidar el libro. Existir el vacío.


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Río de hormigón.

 

Mirada. Puente.

Atravesar. Fijar. Mantener.

Frente. Arrugas. Cicatriz. Fatiga. Hombro caído. Respiración corta.

No desviar. No bajar. No huir.

Sonrisa mínima. Línea en comisura. Temblor leve.

Silencio. Aire. Hombro.

Enderezar. Levantar. Abrir.

Pulso. Pulso. Pulso.

Río inmenso. Ciudad que traga. Tiempo que aplasta.

Mirada. Sonrisa. Puente.

Aire más ligero. Hombro más recto. Pecho que se expande.

Mirar. Conectar. Quedar.

El puente tiende. La mirada sostiene. El silencio cura.

Gramática de la Presencia Pura

 

Existir el primer rayo sobre el lino blanco. Rozar la madera fría, el cristal sucio, el aire quieto. No habitar nadie el hueco de la almohada.

Sentir el pulso del mar contra el muro de piedra. Escuchar el salitre, el viento, el grito de una gaviota lejana. Permanecer la cama vacía bajo la luz nueva. Ser el silencio un peso físico en el centro de la habitación.

Abrir la ventana. Mirar el horizonte azul, el barco ausente, la arena húmeda. No buscar rastro. No esperar voz. No pronunciar nombre.

Girar la llave en la cerradura de hierro. Dejar la casa. Caminar hacia la orilla sin mirar atrás. Fundirse el rastro de los pasos con la marea que sube.

Ser la luz el único testigo. No nacer del sol. Arder el vacío en el espejo.


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El Horizonte en tu Mirada

 



Existir una luz en el faro de la costa norte. No nacer del sol. Nacer del fondo de los días que el farero lleva contando desde que perdió el nombre de las cosas.

Llamarse Martín. Tener las manos de quien carga piedra y silencio.


Llegar ella un martes de febrero. Sin equipaje. Solo una bolsa de lona y el perfume de piel suave que el viento adelanta antes que sus pasos. Detenerse el invierno. Prenderse algo en el pecho de Martín, algo que no sabe nombrar todavía.

Llamarse Elena. Traer en los ojos el mar de otro sitio.


Mirarse en el umbral. No hablar. Ser suficiente.

Ofrecerle Martín el cuarto pequeño que da al acantilado. Aceptar ella sin preguntar cuánto tiempo. Saber los dos que el tiempo no es la pregunta correcta.


Pasar los días como pasan las mareas. Limpiar ella los cristales del faro. Disponer Martín la mesa. Compartir el silencio como se comparte el pan, sin ceremonia.

¿Siempre conocerse?

Aun cuando su boca era muda, escuchar Martín el latido de su nombre en cada habitación que ella atraviesa. Reconocer algo antiguo. Jardín que despierta bajo una mirada.


Llegar la tormenta un jueves.

Volcán de vestiduras tendidas en el jardín que el viento arranca. Correr los dos. Reír. Caer la ropa al barro. Quedarse la verdad desnuda de estar vivos bajo la lluvia.

Besarse por primera vez con el sabor de la sal en la boca.

Volverse el tiempo una pausa infinita.


Hablar esa noche junto al fuego.

Contar Elena el abismo de locura del que viene. Ciudad. Hombre. Miedo construido ladrillo a ladrillo durante cuatro años. Sombras proyectadas en el muro de cada mañana.

No ser ya manantial. Haber llegado al mar.

Escuchar Martín sin interrumpir. Saber que el silencio también es una forma de sostener a alguien.


Sentir los dos, sin decirlo, el pulso invisible de la tierra bajo los pies.

Los juncos del camino al acantilado. Las flores que nadie plantó. Los insectos que habitan las grietas del faro como si siempre hubieran sido dueños.

Ser todo eso testigo.


Amanecer el viernes sin tormenta.

Estar Elena en el umbral con la bolsa de lona.

Mirarla Martín desde la escalera del faro. No preguntar. Saber que algunas auroras duran lo que tienen que durar para desdibujar las sombras necesarias.

Bajar los peldaños despacio. Llegar hasta ella. Tenderle la mano.


Quedarse.

Ser presente ese amor eterno. Puente tendido sobre el abismo de lo que ayer los separaba. No palabras de promesa. No fechas. Solo cada rastro de espuma, cada asombro, cada sal grabada en la piel del tiempo.

Rendirse el mundo ante la paz de sus ojos.

Existir la luz en el faro.

No nacer del sol.

Breviario de Héroes Anónimos: El Manifiesto de lo Invisible

 


I. La Proa del Asfalto Caminar sin tregua. Ignorar el frío, el ruido y la tormenta. Ser ajena a todo meteoro, como si el cielo fuera solo un techo de cristal rompiéndose en mil pedazos de agua. No importar el origen, el destino ni el nombre. Sacarse el agua de los ojos con un movimiento seco, orientarse en mitad del cruce y erguirse como un héroe en la proa de un barco. Aceptar el naufragio, limpiar el pasado, encontrar la esencia.

II. El Guardián del Silencio Habitar la estación abarrotada sin pertenecer al tumulto. Sostener el pensamiento propio como una vela encendida en mitad de un vendaval de pantallas y gritos. No encender el teléfono, no ceder a la prisa, no fragmentar la atención. Respirar la quietud, proteger la semilla, reinar en el vacío. Ser el eje inmóvil de una rueda que gira hacia ninguna parte. Elegir la pausa, salvar la mente, recuperar el centro.

III. El Traductor de Miradas Atravesar el río de hormigón con la mirada dispuesta. Reconocer en el rostro extraño una historia de batallas, fatigas y esperanzas. No apartar la vista cuando el puente se tiende. Regalar una sonrisa mínima, traducir el silencio, romper la soledad. Sentir cómo el aire se aligera, cómo el otro endereza los hombros, cómo el reconocimiento cura. Mirar, conectar, salvar.

IV. El Guardián del Fuego Encender la llama pequeña en la profundidad de la noche. Limpiar la ceniza, disponer la madera, proteger el aire. Ser la quietud en un mundo que solo entiende de incendios y de huidas. Observar el baile de la luz sobre las manos, mantener la vigilia, ignorar el olvido. No buscar la hoguera grande, sino el rescoldo que permanece. Alimentar el fuego, sostener la vida, guardar el centro.


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