TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

domingo, 29 de marzo de 2026

El Horizonte en tu Mirada

 



Existir una luz en el faro de la costa norte. No nacer del sol. Nacer del fondo de los días que el farero lleva contando desde que perdió el nombre de las cosas.

Llamarse Martín. Tener las manos de quien carga piedra y silencio.


Llegar ella un martes de febrero. Sin equipaje. Solo una bolsa de lona y el perfume de piel suave que el viento adelanta antes que sus pasos. Detenerse el invierno. Prenderse algo en el pecho de Martín, algo que no sabe nombrar todavía.

Llamarse Elena. Traer en los ojos el mar de otro sitio.


Mirarse en el umbral. No hablar. Ser suficiente.

Ofrecerle Martín el cuarto pequeño que da al acantilado. Aceptar ella sin preguntar cuánto tiempo. Saber los dos que el tiempo no es la pregunta correcta.


Pasar los días como pasan las mareas. Limpiar ella los cristales del faro. Disponer Martín la mesa. Compartir el silencio como se comparte el pan, sin ceremonia.

¿Siempre conocerse?

Aun cuando su boca era muda, escuchar Martín el latido de su nombre en cada habitación que ella atraviesa. Reconocer algo antiguo. Jardín que despierta bajo una mirada.


Llegar la tormenta un jueves.

Volcán de vestiduras tendidas en el jardín que el viento arranca. Correr los dos. Reír. Caer la ropa al barro. Quedarse la verdad desnuda de estar vivos bajo la lluvia.

Besarse por primera vez con el sabor de la sal en la boca.

Volverse el tiempo una pausa infinita.


Hablar esa noche junto al fuego.

Contar Elena el abismo de locura del que viene. Ciudad. Hombre. Miedo construido ladrillo a ladrillo durante cuatro años. Sombras proyectadas en el muro de cada mañana.

No ser ya manantial. Haber llegado al mar.

Escuchar Martín sin interrumpir. Saber que el silencio también es una forma de sostener a alguien.


Sentir los dos, sin decirlo, el pulso invisible de la tierra bajo los pies.

Los juncos del camino al acantilado. Las flores que nadie plantó. Los insectos que habitan las grietas del faro como si siempre hubieran sido dueños.

Ser todo eso testigo.


Amanecer el viernes sin tormenta.

Estar Elena en el umbral con la bolsa de lona.

Mirarla Martín desde la escalera del faro. No preguntar. Saber que algunas auroras duran lo que tienen que durar para desdibujar las sombras necesarias.

Bajar los peldaños despacio. Llegar hasta ella. Tenderle la mano.


Quedarse.

Ser presente ese amor eterno. Puente tendido sobre el abismo de lo que ayer los separaba. No palabras de promesa. No fechas. Solo cada rastro de espuma, cada asombro, cada sal grabada en la piel del tiempo.

Rendirse el mundo ante la paz de sus ojos.

Existir la luz en el faro.

No nacer del sol.

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