TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

miércoles, 18 de junio de 2025

🌌 El Llanto del Péndulo

 

🌌 El Llanto del Péndulo

(Relato de Comala sin tiempo)


Decían que el tiempo vivía colgado del techo, que respiraba en la oscilación muda del péndulo que no pertenecía a nadie, como el viento o los muertos.
En Comala, nadie miraba hacia arriba. Todos sabían que colgaba allí, pero habían aprendido a ignorarlo, como se ignora al dolor viejo o a Dios en los días sin fe.

El péndulo no cayó.
No hizo ruido.
Solo dejó de ir y venir.

Era una noche sin noche.
Una que parecía olvidada por el calendario, donde los gallos no cantaban y los perros dormían con los ojos abiertos.
El péndulo —ese hilo de los días— decidió detenerse.
No fue caída.
Fue acto.
No fue final.
Fue oración.

Entonces empezó a llorar.

Pero no como lloran los hombres.
Su llanto era silencio que resquebraja.
Un gemido sin sonido, que abría grietas diminutas en el aire.
Por esas grietas comenzaron a surgir universos colapsados, doblados sobre sí mismos, como recuerdos que nunca llegaron a ocurrir.


Un niño caminaba entre los surcos del maíz seco.
No tenía nombre ni sombra, solo una mirada vieja.
Era una herida dulce.
Él vio cómo se abrían puertas donde antes solo había polvo.
Cientos de ellas, cada una palpitando con una semilla invisible, cada una diciendo “y si...” al oído de la realidad.

Entró por una.

Allí encontró unas manos unidas en oración flotando solas en el aire, entretejidas con un hilo rojo que parecía coser los fragmentos del tiempo perdido.
Y vio también su amor primero:
la niña que le prometió quedarse para siempre en la infancia.
La niña que lo había olvidado antes de que él pudiera recordarla.


El péndulo, en su silencio, dejó de ser péndulo.
Se convirtió en eje de lo invisible,
en raíz que crece en el aire,
en piedra de lágrima geométrica.

Cada lágrima dibujaba una constelación no nacida,
una posibilidad que jamás encontró forma.
Y, sin embargo, vivían allí, suspendidas como las palabras que no se dicen y aún así duelen.


Comala no cambió.
Siguió dormida, con sus voces incompletas y sus ruegos sin respuesta.
Pero el tiempo, ese animal cansado, se había detenido.
Y en esa quietud, todo comenzaba.

Porque cuando nada regresa,
es que algo verdadero ha comenzado.


Ahora, hay señales.
Las hojas tiemblan sin viento.
Una lágrima vuelve al ojo que la soñó.
Y algunas voces, al hablar,
ya no terminan la frase,
como si supieran que hay cosas que deben quedar suspendidas,
como péndulos dormidos.


El llanto recto del tiempo ya no pide ser escuchado.
Pide ser recordado.

Porque cuando el universo se pliega en sí mismo,
lo hace para recordarse desde adentro,
como el que se sueña dormido
y despierta sabiendo que aún no es momento de regresar.



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