Al otro lado del párpado, el concepto de "fractura" carecía de sentido. Lo que mi vigilia llamaba grieta, el sueño lo revelaba como una veta de oro en la piedra. Descubrí que el mundo nunca había estado roto; simplemente, mi mirada era demasiado estrecha para contener su inmensidad. En el espacio del sueño, la realidad no se divide: se despliega.
Ella caminaba a mi lado por ese territorio donde la geometría se vuelve líquida. No hablaba con palabras, sino con presencias. Me mostró que cada curva que yo antes temía era, en realidad, una puerta giratoria hacia una nueva dimensión de mí mismo. Me enseñó a mirar las sombras no como carencia de luz, sino como espejos oscuros donde la luz se repliega para descansar y cobrar fuerza.
La Medida de lo Invisible
Bajo su guía, mi corazón comenzó a desaprender la tiranía de la línea recta. Entendí que la vida no es un trayecto que se recorre de un punto A a un punto B, sino un volumen que se habita.
Ella puso su mano sobre el aire y el aire vibró. "No cuentes los días", parecía decir el silencio, "mide la densidad de lo que sientes mientras el sol cruza el cielo". Aprendí que un solo instante de asombro tiene más peso que años de rutina lineal. La existencia empezó a medirse por la resonancia: ese eco profundo que dejan las cosas que amamos, los deseos que nos mueven y, sobre todo, aquello que todavía no tiene nombre pero que ya nos habita.
El Retorno al Centro
En ese estado de coherencia absoluta, comprendí que lo que llamamos "realidad" es solo la orilla de un continente mucho más vasto. Mi corazón dejó de ser un músculo que bombea sangre para convertirse en un sismógrafo de lo sagrado, capaz de detectar la belleza en lo irregular y la verdad en lo imprevisto.
Ya no busco la salida del laberinto. He aprendido que el laberinto es el mensaje, y que cada giro es una oportunidad para encontrarme con esa voz que, al fin, reconozco como mía.
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