El pozo de la linde norte no tenía fondo, tenía memoria. Un brocal de granito tosco, musgoso, levantado en los años del hambre cuando los linderos entre las fincas se decidían a golpe de azada y desatención voluntaria. Donato limpiaba la herrumbre de la polea con un trapo impregnado en grasa de carro. Un chirrido seco, regular, que cortaba la pesadez de la tarde como un latigazo. Desde el camino de los bueyes, el viejo Silvano observaba apoyado en la vara de fresno, midiendo con sus ojos de cal la profundidad del nivel freático. El agua no era allí un bien común; era el registro exacto de las capitulaciones de la sangre.
Nadie abría las compuertas antes de tiempo. La acequia principal, una zanja de arcilla endurecida que cruzaba las eras de la viuda Justina, permanecía seca, acumulando hojas muertas y caracolas calcinadas por el sol de agosto. El flujo de la vertiente se regulaba mediante la lógica del desengaño: la cantidad de agua recibida debía corresponder, al milímetro, con las peonadas que la casa de abajo le debía a la de arriba desde la riada del treinta y seis. No existía la compasión en el reparto, sino la física estricta de la escasez. Si la viuda perdía la cosecha de hortalizas por falta de riego, no era una desgracia del clima; era la consecuencia hidráulica de un olvido no pagado.
La medición requería la presencia del marcador de aguas. Un oficio ciego, heredado por vía de la contención, que consistía en introducir una vara de hierro templado en la fosa para tocar el lodo del fondo. Román, el último de esa estirpe sin pronombre, ejecutaba la maniobra sin mirar a los hombres, sintiendo en la palma la vibración de las corrientes subterráneas que se negaban a obedecer las escrituras de propiedad de Zamora. El metal salía frío, marcado por una costra de óxido y caliza que determinaba los días de apertura. Ninguna palabra de queja cruzaba el aire; el compromiso estaba sellado en la piedra del subsuelo, mucho antes de que el lenguaje inventara las aduanas del derecho civil.
Donato soltó la cuerda. El cubo de madera golpeó las paredes oscuras con un eco sordo, regresando a la superficie con un líquido denso que sabía a hierro y a raíz podrida. Silvano dio media vuelta sin despedirse, arrastrando sus abarcas sobre la tierra reseca, asumiendo el desgaste obligatorio de la jornada y la certeza física de que en ese valle la sed no se apaga con el trago, sino con el cumplimiento minucioso de la deuda. La acequia comenzó a silbar, un hilo negro y espeso que corría por la zanja, asimilando el polvo del camino para recordarles que los vivos solo son los inquilinos temporales de una tierra que exige su tributo de humedad y silencio.
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