Había sido el instrumento de su propia desdicha. Lo comprendió una tarde de noviembre, cuando la ciudad se volvió tan próxima que pudo escuchar el roce de una rama contra la madera de las persianas. Cerró los ojos. A veces, el mundo se acercaba de aquella manera, hasta que cualquier ruido parecía provenir del interior de su propio cuerpo.
Se había vuelto brutal con sus sentimientos. No porque hubiera dejado de sentir, sino porque ya no soportaba la intensidad de lo que sentía. Había aprendido a desconfiar de la felicidad, a mirarla de reojo, como se mira una puerta entreabierta detrás de la cual podría aguardarnos una desgracia.
Cerró los ojos ante un placer tan intenso que le resultaba insoportable.
Todo era arrastrado por el torrente, por la fuerza del deseo. No había pensamiento capaz de detenerlo, ni palabra que pudiera darle un nombre. Durante un tiempo creyó que aquello era la vida: dejarse llevar, aceptar que el corazón conociera una libertad que la razón jamás habría autorizado.
Duró siete años.
Siete años de encuentros, de despedidas, de promesas que nunca llegaron a formularse y de silencios que ambos fingían no comprender. Siete años durante los cuales aprendió a reconocer sus pasos antes de verla, a distinguir su voz entre las conversaciones de una habitación, a descubrir en un gesto insignificante la posibilidad de una felicidad que siempre parecía estar a punto de suceder.
Y después, al final, renunció a la esperanza.
No hubo una escena memorable. Ninguna puerta se cerró violentamente. Nadie pronunció una frase definitiva. La esperanza se retiró con la discreción de quien abandona una casa en la que ya no tiene derecho a permanecer.
Ella, entretanto, seguía cruzando la calle.
Lo hacía con una naturalidad que a él le parecía casi ofensiva. Atravesaba la historia por encima de todas aquellas cosas, por terribles que fueran, como si los acontecimientos no tuvieran poder para alterar el curso de su vida.
Tenía los ojos claros. El vestido, de un rosa viejo y polvoriento, parecía haber conservado el color de una época que ya no existía. Llevaba una capelina negra, y su figura, delgada y alta, se recortaba contra las fachadas con la precisión de un dibujo a tinta china.
Había en ella algo de grabado antiguo, una belleza perfilada por líneas demasiado finas para admitir correcciones.
Él la observaba desde la acera de enfrente.
A veces pensaba que no la había conocido realmente. Que durante aquellos siete años había amado una figura construida con sus propias necesidades, una mujer a la que había atribuido sentimientos, deseos y temores que quizá nunca le pertenecieron.
Pero entonces ella volvía la cabeza.
Y aquella mirada bastaba para destruir todas sus conclusiones.
Una mañana, mientras él hojeaba distraídamente el periódico en una cafetería, escuchó a una mujer decir:
—Pronto tendré un diamante en el dedo de pedida.
La frase llegó desde la mesa contigua.
No reconoció la voz al principio. Después levantó los ojos.
Era ella.
Hablaba con otra mujer, sonriendo con una serenidad que él nunca había conseguido comprender. La mano izquierda descansaba sobre el mantel, desnuda. No llevaba anillo alguno.
Él bajó la mirada.
Durante unos segundos sintió que algo se quebraba dentro de él. No era exactamente dolor. Era la desaparición repentina de una posibilidad que, a pesar de todo, había seguido considerando suya.
Un diamante.
Siete años resumidos en una piedra que otro hombre pondría en su dedo.
Se levantó antes de que ella pudiera verlo y salió a la calle.
La ciudad continuaba su curso. Los coches avanzaban entre los semáforos, las persianas golpeaban suavemente contra las ventanas y el aire frío de noviembre le rozaba la cara.
Caminó sin rumbo hasta llegar a la esquina donde tantas veces la había esperado.
Entonces la vio.
Ella cruzaba la calle, con su vestido rosa viejo y la capelina negra, llevando una pequeña bolsa en la mano. Caminaba despacio, como si no tuviera ninguna razón para apresurarse.
Por un instante, él creyó que se dirigiría hacia él.
Pero ella siguió de largo.
Y comprendió que la historia no había terminado cuando renunció a la esperanza.
Había terminado mucho antes, en el momento en que empezó a confundir la posibilidad de ser amado con el derecho a serlo.
A partir de entonces, dejó de esperar.
No porque hubiera dejado de quererla, sino porque entendió que el deseo, cuando se alimenta únicamente de sí mismo, puede convertirse en una prisión sin barrotes.
Pasaron los meses.
Una tarde volvió a verla en la otra acera. El vestido era distinto, pero los ojos seguían siendo claros. La capelina negra continuaba dibujando una sombra sobre su frente.
Ella se detuvo ante un escaparate y levantó la mano izquierda.
En el dedo anular brillaba un diamante.
Él no sintió nada que pudiera llamar sorpresa.
Se quedó mirándola hasta que la mujer reanudó la marcha y desapareció entre la gente.
Después cerró los ojos.
El ruido de la ciudad volvió a acercarse. Escuchó el roce de una rama contra la madera de las persianas de una casa próxima.
Y por primera vez en siete años, no intentó descubrir qué significaba aquel sonido.
Simplemente lo escuchó.
La ciudad siguió adelante.
Y él también.
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