Le besé la mano como la primera vez.
Como cuando ella me la tendió en el corral,
con los dedos curtidos por el agua fría del amanecer,
y un aroma a maíz recién molido que no he vuelto a oler.
Pero entonces ocurrió algo que no esperaba.
Ella mantuvo mi mano apretada,
no con fuerza, sino con esa quietud que tiene la tierra antes de abrirse.
Y se la llevó a los labios.
No fue un beso como los otros.
Fue un beso que bajó por mi brazo, cruzó mi pecho,
y se metió hondo,
como una raíz buscando el agua vieja.
Jamás en mi vida una mujer me había hecho esto.
Fue como si me besaran la sombra.
Como si me reconocieran algo que yo mismo había olvidado que tenía.
Me estremecí.
No por fuera.
El cuerpo siguió allí, sentado en la banca de madera junto al fogón apagado.
Pero dentro... dentro ocurrió un crujido,
como cuando el arado rompe por fin la tierra endurecida.
Y ahora, ya es madrugada.
Tantas horas pasadas.
Escribo en este cuaderno que huele a humo,
las palabras que no alcanzan.
Miro mi mano derecha.
La encuentro distinta.
No sé decir por qué.
Quizás se deba al recuerdo del surco.
De cuando éramos niños y la tierra era juego,
y luego fue jornal,
y después fue cansancio.
Pero ella...
ella la tocó como si esa mano aún pudiera sembrar algo.
En la mesa quedaron las migas del pan que no comimos.
Ella lo partió con las manos,
y lo puso entre nosotros sin decir palabra.
Porque en su casa no se sirve el pan: se ofrece.
Y en ese gesto también me sentí distinto.
Como si la vida que me quedaba fuera más que el sudor de la jornada.
El campo era silencio,
pero el silencio tenía voces escondidas.
El viento traía la voz de los muertos,
y los muertos, dicen, son los únicos que saben besar una mano sin prisa.
¿Qué mutó en mí?
Quizás no fue ella, ni el beso, ni la noche.
Quizás fue que entendí —por un instante—
que esta vida no es arado,
ni tierra,
ni mano,
ni beso,
sino una vibración que pasa por todos ellos
y los deja llenos de sentido.
Hay cosas que no se pueden decir.
Pero se intuyen.
Como el sudor detrás del amor,
como la semilla que espera bajo el polvo,
como el pan que aún no ha sido amasado.
Desde ahora —lo sé—
cuando me lleve la mano al corazón,
no será la misma.
Estará tocada por ese instante.
Por ese silencio.
Por ese beso que no se dijo con palabras,
pero cambió mi forma de escribir el mundo.
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