Esperando la Señal
—¿Crees que vendrá hoy? —preguntó Sofía, ajustándose la bufanda. El frío comenzaba a calar hondo.
—Siempre viene, tarde o temprano —respondió Marco, sin apartar la vista del cielo. Estaba tan oscuro que apenas se distinguían las siluetas de los árboles.
—Pero hoy es diferente. La luna está oculta, y el viento... parece que susurra advertencias.
—El viento siempre susurra cosas, Sofía. Es solo viento. O quizás tú escuchas demasiado.
Sofía suspiró, un pequeño vaho blanco que se disolvió en el aire helado.
—No sé. Tengo un mal presentimiento. Como si esta noche no fuera la noche.
Marco finalmente la miró, una ceja levantada.
—¿Mal presentimiento? ¿Después de cuántos años esperando lo mismo? Deberías estar acostumbrada.
—Uno nunca se acostumbra a la incertidumbre, Marco. Solo se aprende a vivir con ella. ¿Trajiste las mantas?
—Están en la mochila. Y el termo con chocolate caliente. Por si la espera se alarga, como siempre.
Un silencio se apoderó de ellos, roto solo por el crujido de las hojas secas bajo sus botas. Sofía se abrazó a sí misma.
—¿Y si se olvidó de nosotros?
Marco soltó una carcajada, una bocanada de humor ronco en la quietud.
—¿Olvidarse? ¿Ella? No la conoces. Es más puntual que el sol, aunque a veces se tome su tiempo.
—Eso dices siempre.
—Y siempre tengo razón. O casi siempre.
De repente, un destello. Fugaz, brillante, verde esmeralda, cruzó el horizonte antes de desaparecer tan rápido como apareció.
Sofía jadeó, señalando con el dedo tembloroso.
—¡Ahí! ¡Lo viste!
Marco sonrió, un brillo de alivio y triunfo en sus ojos.
—Te lo dije. Nunca falla. Ya casi es hora. Prepara el chocolate, Sofía. La señal está hecha.
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