TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 27 de septiembre de 2025

La Casa de los Espejos de Agua

 


En 1937, cuando la Guerra Civil española había tallado cicatrices en las fachadas de adobe y en los corazones de un pequeño pueblo castellano, Tomás era apenas un muchacho rodeado de engranajes oxidados y del tictac de relojes que parecían susurrar secretos del tiempo.

El pueblo olía a humo de hogueras apagadas y a tierra removida por bombas lejanas. Pero Doña Rosario, su madre, mujer de manos callosas y mirada profunda, le enseñaba algo más que a reparar mecanismos:

—Las cosas guardan memoria, hijo —decía mientras pulía un reloj de bolsillo—. Si las escuchas, te revelan patrones que se repiten, como el agua en las acequias, que siempre vuelve al río.

Tomás no entendía del todo. Pero en las noches sin electricidad, cuando solo quedaban velas temblando, se acercaba a las acequias. Allí, el agua reflejaba estrellas fragmentadas, como espejos rotos que insistían en recomponerse.

Y él se preguntaba:
¿No será nuestro destino también un reflejo distorsionado de algo mayor?


Con los años, ya hombre de barba entrecana, Tomás descubrió que los relojes no marcaban igual para todos. Un reloj de pared, al colgarlo en casa de un joven enamorado, aceleraba segundos. En cambio, con una viuda, los minutos se arrastraban, estirando la pena como sombra en la tarde.

Comenzó entonces a escribir en un cuaderno peculiar, sin bordes ni fin. Allí dibujaba espirales como corrientes de agua, nombres de clientes, símbolos repetidos en distintas escalas. Y un día, bajo la luz mortecina de una lámpara, vio que algunas frases no eran suyas: estaban escritas con otra letra, como si alguien del futuro hubiera dialogado con él.

¿Era posible que la soledad no existiera, y que siempre conversáramos con quienes aún no han nacido?


En 1972, ya anciano, Tomás conoció a Elías. Nadie supo de dónde vino: sus ropas eran demasiado limpias, con un brillo extraño bajo el sol castellano. Parecía filtrado de otra época.

—He leído tu cuaderno —le dijo con voz suave—. Es la llave de lo que viene.

¿Cómo podía ser? Ese cuaderno nunca había salido del taller.

Elías hablaba de ciudades sumergidas bajo mares tóxicos, de torres de cristal en desiertos sin aire, de redes de pensamiento tejidas por entidades no humanas. Distopías, sí. Pero también esperanza:

—Tu madre tenía razón. Los patrones siempre regresan. Incluso el amor, que se repite en formas nuevas, como el agua que insiste en filtrarse en la tierra seca.

Esa misma noche, lo llevó hasta la acequia. Bajo la luna, el agua no reflejaba solo estrellas: mostraba fractales vivos, geometrías que se expandían y contraían. Y entre esas formas, Tomás vio a Doña Rosario, joven y sonriente, tejiendo luz con sus manos.

No era un fantasma. Era presencia. Era el patrón eterno.


Elías desapareció con la niebla del amanecer, dejando solo el cuaderno abierto sobre la mesa. Quienes lo hojean hoy dicen escuchar murmullos mezclados: la voz de Rosario hablando de patrones, la de Tomás anotando relojes que alteran el tiempo, la de Elías profetizando futuros.

Y a veces, entre esas voces, aparece otra: la tuya.

Porque este cuaderno no es una historia cerrada. Es un espejo de agua que te invita a mirarte.
Y en ese reflejo, quizá descubras a la madre eterna que nos abraza en el patrón infinito de la existencia.


🌊✨

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