Arrancar el cuello de una cabra no resuelve la escasez de proteínas. El calor de la sangre derramada sobre la paja no nutre. Dos intelectuales franceses observan el mismo charco rojo desde ángulos opuestos, construyendo catedrales de tinta para evitar el olor del intestino abierto.
René Girar mira el pánico. La teoría del chivo expiatorio es una ingeniería de albañilería social. Yo copio lo que tú deseas, ambos chocamos, la aldea arde por la rivalidad mimética, y en lugar de matarnos a todos, aplastamos al más débil. El orden se restaura por pura cobardía estructural. La víctima es una válvula de escape. Un espasmo de violencia colectiva que congela el caos en un mito.
Bataille ve un lujo. El mismo cuchillo, la misma carotida, pero el asesinato no obedece al miedo. Nace de la obesidad energética del sistema. Hay demasiada fuerza acumulada, demasiada grasa social. Quemar el excedente sin esperar nada a cambio. El sacrificio como borrachera, un gasto soberano donde destruir la vida es el único acto que justifica la abundancia absurda de estar vivos.
Falta el peso del hígado en el suelo. Ambas teorías tropiezan con la misma grieta: ignoran la materialidad del despojo. Girard reduce el desmembramiento a un mecanismo psicológico para calmar la ansiedad del rebaño. Bataille convierte la putrefacción en una estética del despilfarro. Ninguno de los dos huele el ácido del estómago vaciándose sobre el barro. El animal no es un símbolo de la crisis humana ni un depósito de energía excedente. Es un cuerpo que deja de funcionar.
Discutir si la víctima sirve para apagar el odio o para celebrar la plenitud cósmica es un pasatiempo de quien tiene las manos limpias. La teología del sacrificio se redacta a salva del esparadrapo y del vómito. Mientras los teóricos debaten la naturaleza del deseo y la economía del exceso, el verdadero dato innegable es la rigidez del tendón cortado y el zumbido de las moscas llegando al banquete. Queda la ceniza fría.
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