El zumbido de la pantalla a las tres de la mañana pesa más que el silencio. La mandíbula apretada desgasta el esmalte bajo las luces fluorescentes de la oficina. El sufrimiento contemporáneo no es un concepto flotante; es la rigidez del cuello después de doce horas de curva lumbar frente al teclado. Tragar compulsivamente, acumular plástico en el salón, mover el índice sobre el vidrio brillante del móvil. Fricciones inútiles que simulan el contacto. El engranaje gira sin aceite, calentando el metal hasta chamuscar los bordes de la piel.
Mirar al techo y dictaminar la ausencia de sentido es una falacia cómoda. El universo no es un espacio hueco que nos niega el significado. El espacio hueco está en la caja torácica. Culpar al entorno por la falta de dirección es un error de cálculo. La órbita no falló; Falló el tendón que intentaba sostener el peso de la rotación.
Aquí reside la capa oculta de la parálisis. Perder la capacidad de conferir sentido no fue un accidente repentino, sino una subcontratación deliberada. Durante décadas, el músculo encargado de tallar el propósito se atrofió por desuso porque la carga se pasó a estructuras externas. El significado llegó preenvasado en cajas de cartón, en manuales de instrucciones corporativas, en horarios de tren y en la fricción sin resistencia de los algoritmos. El órgano interno no se seca; se volvió gelatinoso para encajar sin fricción en las molduras del consumo y la productividad.
Al cesar el suministro externo, al desmoronarse el andamiaje que sostenía la ilusión de la dirección, la carne gelatinosa tiembla. No hay dolor por la pérdida del sentido externo; hay pánico al descubrir la falta de densidad propia.
Interpretarse a sí mismo no es un ejercicio de introspección psicológica. Es la fricción del cincel contra la corteza ósea. La dirección no se encuentra debajo de una piedra ni se descarga de un servidor remoto. Se excava en la dureza, arrancando astillas hasta dar con la veta que aguanta la presión vertical del cuerpo. Si la interpretación que se tiene de uno mismo es una masa blanda, el cinturón no encuentra resistencia. Resbala. La estructura se desmorona al primer impacto porque no hay hueso sobre el que construir.
El miedo no nace de la inmensidad del cosmos. Nace de mirar las propias manos vacías y compruebe que ya no queda fuerza para cerrarlas en el puño. La dirección del golpe importa poco. Lo aterrador es la falta de masa para golpear.
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