TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 11 de julio de 2026

Mekong

Son las catorce horas. El calor del delta del Mekong es una masa estancada que aplasta la madera del muelle de Sa Dec. A las ocho de la mañana el río estaba gris. Ahora es una costra de mercurio líquido. El tiempo en la Indochina francesa no avanza; se descompone. 

Hélène lleva un sombrero de ala ancha, de fieltro masculino. La seda del vestido se adhiere a la columna vertebral. Tiene quince años y medio. La piel es blanca, casi transparente bajo el sol. No mira al río. Mira las grietas del cemento.

El hombre del traje de lino blanco se acerca. Trần. El dueño del almacén de opio y arroz en Cholon. Las manos de Trần tiemblan. Un temblor fino, constante, que recorre los dedos como una corriente eléctrica de baja intensidad. Lleva un sombrero de fedora. La sombra del ala corta el rostro de Hélène por la mitad.

—Tienes calor —dice Trần.

—Siempre hace calor —responde Hélène.

No es una respuesta. Es un dato topográfico. La humedad raya en el noventa y ocho por ciento. La fricción del aire contra la piel produce una sensación de quemadura sin fuego. El vestido de seda es una segunda epidermis que pesa tres kilos.

—Sube al coche —dice él.

El interior del automóvil huele a cuero envejecido, a aceite de motor y a sándalo. El metal de las manijas está frío, un efecto óptico imposible bajo aquel sol. Hélène se sienta en el asiento trasero. Trần no se sienta a su lado. Se sienta delante, junto al chofer indígena que no vuelve la cabeza. 

A las quince horas cruzarán el puente. A las diecisiete horas estarán en la habitación del hotel en la frontera. A las veinte horas la luz se apagará. El horario del día está escrito en la humedad del parabrisas.

El coche arranca. La vibración del motor sube por el chasis y se clava en los talones de Hélène. 

—Eres muy joven —dice la voz desde el asiento delantero.

—Lo sé.

—Tu familia no sabe que estás aquí.

—No saben nada. Nunca saben nada. Están en la casa grande, tomando el té a las cinco.

El chofer frena brusco. Un carro de bueyes bloquea la carretera de tierra. El olor del estiércol se mezcla con el perfume de gardenias que Hélène se puso en el cuello. Las dos realidades chocan en la cabina. Ninguna cede. Trần enciende un cigarrillo. El humo sube hacia el techo de tela y se aplana contra él como una nube tóxica.

—¿Por qué me mirabas en el ferry? —pregunta Hélène. La voz no tiene inflexión. Es una flatline.

—Porque tienes un sombrero de hombre —dice Trần—. Y porque tus piernas están cruzadas.

Las piernas de Hélène están cruzadas. La tela del vestido sube hasta la mitad del muslo. La piel blanca contrasta con el negro del asiento. No hay deseo descrito. Hay una disposición geométrica de la carne en el espacio del vehículo. El deseo no es un sentimiento. Es un cálculo de distancias.

El carro de bueyes se aparta. El coche reanuda la marcha. El río Mekong queda a la izquierda. Es un lienzo de lodo que arrastra troncos de madera muerta hacia el mar.

La mano de Trần aparece por el respaldo del asiento. Los dedos temblando se posan sobre la rodilla de Hélène. El contacto es seco. La temperatura de la palma del hombre es dos grados superior a la del muslo de la niña. 

Hélène no retira la pierna. No la acerca. Deja la mano allí. El temblor de los dedos de Trần se transmite al fémur, sube por la arteria femoral y se instala en la pelvis. 

A las diecisiete horas la persiana de la habitación estará cerrada. El ventilador de techo girará cortando el aire pesado. La cama tendrá sábanas de lino blanco.

El coche no frena hasta la frontera. El polvo de la carretera cubre el cristal trasero. Hélène se mira en el reflejo opaco. No reconoce a la niña del sombrero de ala ancha. Reconoce la geometría del polvo asentándose sobre la seda. El ruido del motor continúa. El temblor de la mano no se detiene.

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