El Milagro Humano
La luz del atardecer se filtraba entre las hojas como un susurro eterno, creando sombras que parecían bailar al ritmo de un aire nuevo. Tex y Noria caminaban juntos, sintiendo cómo el mundo se dibujaba en torno a ellos, como si fueran los únicos habitantes de aquella creación. Cada paso era una página en blanco, y cada respiro, un verso que hablaba de la humanidad perdida.
—Tex —dijo Noria, su voz resonando desde el eco de una habitación blanca—. Los privilegiados solo pueden tomar cinco dosis de enervol. Todo es blanco, hasta las ropas que beben el tiempo. Nunca habíamos sido tan felices, decían. Jamás existieron castigos ejemplares ante la mirada de los habitantes del centro.
Pero a Tex, esas palabras no le bastaban. Había una grieta en la perfección, un vacío que dolía más que cualquier ausencia.
—No me encuentro bien —murmuró Noria—. Tómate un sedante. El tiempo es tuyo, ¿qué me pasa? Tú eres un fiel creyente, ¿verdad? Compra más, sé feliz, compra más.
—¿Qué ocurre? —preguntó Tex, sintiendo que las respuestas eran espectros que se desvanecían con cada suspiro.
—Nada —respondió ella, pero el silencio entre ellos decía más que cualquier palabra.
Esa noche, Tex despertó y la abrazó con fuerza. Se amaron como si el mundo estuviera al borde del abismo, como si cada caricia fuera una revolución contra la blancura opresiva que los rodeaba. En sus cuerpos desnudos, descubrieron algo que los privilegios no podían otorgar: el verdadero sentido de la humanidad. Sentir, tocar, ser.
Mientras tanto, en las sombras, los ojos del sistema los vigilaban. Eran observados como si fueran una rareza, un milagro humano en un mundo donde la perfección había extirpado el alma. Pero ellos no se detuvieron. Porque en ese momento, bajo la mirada impasible de los otros, Tex y Noria eran libres.
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