TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 1 de marzo de 2025

**El Jardín de Cicatrices Luminosas**

 

Bajo una luna que los antiguos llamaban *Yggdrasil-Qi* —el aliento del árbol cósmico—, Isolda caminaba entre surcos de tierra negra donde sus lágrimas habían germinado en orquídeas de hueso. Sus cicatrices, *kintsugi* vivientes bañadas en mercurio hermético, brillaban como ríos de plata bajo la piel ausente. Era la última jardinera del *Hortus Animae*, un lugar donde los dolores se plantaban como semillas y la cosecha era la carne del alma.  


El primer personaje llegó al alba: un hombre envuelto en sombras que hablaba en *glossolalia*, mezclando náhuatl y mandarín arcaico. «*Xīnzhōng de guǐ* —el fantasma en el corazón—», susurraba mientras arrancaba amapolas que cantaban salmos en arameo. Lo llamaban *Karu*, el devorador de ecos, porque se alimentaba de los gritos que los demás enterraban. Su presencia hacía sangrar las raíces del jardín, revelando inscripciones en fenicio: *«Adonai Malakh»* (el señor ha reinado).  


La segunda fue una niña de nueve soles, *Xiao-Ling*, cuyo cabello eran serpientes de jade. En sus manos llevaba un espejo *tzompantli* incrustado con dientes de difuntos, reflejando no rostros, sino arquetipos: «*Māyā* (ilusión)», decía señalando a Isolda, «*Yǔzhòu* (cosmos)», al mirar el cielo. Regaba las plantas con agua del río Leteo mezclada con lágrimas de *Bodhisattva*, creando crisantemos cuyos pétalos contenían memorias ajenas.  


El tercero emergió de un árbol de ébano: *Ogun-Iblis*, herrero y demonio, que forjaba herramientas con fragmentos de *Axis Mundi*. Su martillo golpeaba yelmos de angustia, transformándolos en arados. «*Wa dagau* (yo rompo)», rugía en sumerio, mientras fundía coronas de espinas en llaves que abrían cámaras del inconsciente colectivo. En su pecho llevaba tatuado el *Caduceo de Hermes*, pero con serpientes de humo que se disolvían al contacto con el mercurio.  


El cuarto era un anciano ciego, *Tlāloc-Zervān*, cuyos ojos eran esferas de obsidiana llenas de estrellas muertas. Recitaba el *Popol Vuh* en griego homérico, y en su bastón —tallado con runas de la Atlántida— crecían líquenes que deletreaban *«Samsara»* (ciclo de sufrimiento). Le ofreció a Isolda un fruto prohibido: una granada cuyas semillas eran ojos de Horus, diciendo: «*Bǐcǐ de líng hún* (almas gemelas)».  


Isolda, la jardinera sin piel, supo que el jardín agonizaba cuando las cicatrices comenzaron a cantar en latín macarrónico: *«Lux in tenebris sed tenebrae non comprehenderunt»* (luz en las tinieblas, mas las tinieblas no la entendieron). *Karu* había infectado la tierra con miedo al dolor, *Xiao-Ling* robaba sueños para evitar su propio vacío, *Ogun-Iblis* forjaba cadenas con las llaves de liberación, y *Tlāloc-Zervān* guardaba secretos que paralizaban el tiempo.  


En la noche del décimo lunes, Isolda tomó el mercurio hermético y lo vertió sobre su cicatriz umbilical —*omphalos* donde se unían todos los hilos—. El líquido plateado se convirtió en un río de *Anima Mundi* (alma del mundo), arrastrando símbolos muertos: cruces quebradas, esvásticas invertidas, lunas menguantes. Entonces comprendió: los símbolos solo mueren cuando dejan de transformarse.  


Con uñas sangrantes, excavó hasta encontrar el núcleo del jardín: un huevo de *Fénix-Lóng* escrito en jeroglíficos olmecas. Lo rompió contra su corazón, liberando un canto en sánscrito: *«Tat tvam asi»* (tú eres eso). Las cicatrices de Isolda estallaron en astros, su piel ausente se volvió constelación, y cada personaje se fundió en un arquetipo que bailaba alrededor del nuevo axis:  


*Karu* se deshizo en ecos que fertilizaron la tierra.  

*Xiao-Ling* plantó su espejo para que creciera como árbol de infinitos reflejos.  

*Ogun-Iblis* forjó el huevo roto en una puerta sin cerradura.  

*Tlāloc-Zervān* se arrancó los ojos y los lanzó al cielo como lunas nuevas.  


Al final, Isolda ya no era jardinera, sino el jardín mismo. Sus cicatrices luminosas ahora eran senderos que otros recorrerían, tropezando con sus propias sombras hasta hallar el *Li* (principio de orden cósmico) escondido en el caos. Y en el centro, donde estuvo su ombligo, creció una rosa cuyos pétalos susurraban en todas las lenguas extintas:  

«*Wǒ jiùshì nǐ*» (Yo soy tú).

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