TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 29 de marzo de 2025

OFRENDAS DEL DESAMOR

**Las Ofrendas del Desamor**  

En Santa Clara de los Vientos, donde las ánimas regresan cada noviembre pisando flores de cempasúchil, la viuda Fermina Trejo abrió el testamento de su marido bajo la luz dudosa de una vela. El papel olía a colonia barata y a traición. Don Rosalío, muerto de un balazo en la cantina *El Porvenir*, legaba su fortuna —tres casas de adobe, un camión oxidado y un cofre de monedas de plata— a una tal Refugio Espinoza. La condición era clara: *«Solo si ella reza por mí en el Día de Muertos, con una vela negra y copal amargo»*.  

Fermina no lloró. Se limpió las manos en el delantal, como si el documento manchara, y salió al patio donde colgaban las ristras de chiles secos. El viento le trajo una risa ronca, la misma que Rosalío soltaba cuando llegaba borracho a las tres de la mañana, con los zapatos llenos de lodo y el cuello marcado por un rojo de carmín que no era el de ella.  

Refugio Espinoza vivía al otro lado del río, en una casucha de lámina con un letrero que decía *«Lecturas del Destino y Limpias de Huevo»*. Fermina fue hasta allí con un machete en la faja y una foto de Rosalío sangrando en el ataúd. La encontró barriendo hojas de naranjo, vestida de amarillo, con el pelo teñido de henna y una cruz de azabache colgando entre los senos.  

—Usted es la que enciende velas a los muertos ajenos —dijo Fermina, no como pregunta, sino como maldición.  

Refugio sonrió, mostrando un diente de oro. —Él me juró que me quería. Hasta me regaló un relicario con su pelo.  

Mostró un colgante donde, en efecto, enredados como hilos de araña, brillaban cabellos grises. Fermina reconoció el olor: tabaco y aguardiente. El mismo que impregnaba la almohada que aún no lavaba.  

La noche del 1 de noviembre, las calles de Santa Clara se llenaron de flores y murmullos. Fermina montó el altar tradicional: pan de muerto, tequila, fotos desteñidas. Pero en lugar del retrato de Rosalío, puso una tijera de podar abierta, como una boca hambrienta. A las doce, cuando el reloj de la iglesia golpeó lento, Refugio llegó cargando una vela negra que olía a azufre. Se arrodilló frente al altar de Fermina, no al suyo, y comenzó a rezar en voz baja, mientras el humo del copal dibujaba serpientes en el aire.  

—¿Crees que con esto te quedarás su dinero? —gruñó Fermina, apretando el machete bajo la mesa.  

—No es por el dinero —Refugio alzó la mirada, y sus ojos brillaron como vidrio molido—. Él me prometió que, si rezaba, volvería. Que me llevaría lejos.  

Un golpe seco resonó en la puerta. Al abrir, nadie estaba, pero en el umbral quedó una mancha de lodo en forma de botas. Fermina sintió el frío que precede a los muertos cuando caminan entre los vivos.  

Rosalío apareció en el zaguán, con el mismo traje de entierro y el agujero en el pecho supurando sombra. No miró a Fermina. Avanzó hacia Refugio, cuya vela negra se apagó de golpe.  

—Viniste —susurró la mujer, tendiendo el relicario.  

Pero Rosalío, en lugar de tomarlo, sacó del bolsillo un puñado de monedas de plata y las arrojó al suelo. Sonaron como risas ahogadas.  

—Las casas, el camión… tuyos son —dijo, con voz de pozo seco—. Pero el cofre no se abre con llaves, sino con lágrimas de la que fue mi esposa.  

Fermina entendió entonces la venganza lenta de los cobardes: Rosalío no había amado a ninguna. Quería que se despedazaran por una fortuna que, en realidad, era un ataúd disfrazado.  

Refugio intentó huir, pero las monedas rodaron hacia sus pies, mordiendo sus tobillos como perros pequeños. Rosalío se deshizo en polvo, dejando solo el olor a pólvora y a desprecio.  

Al amanecer, Fermina quemó el testamento en el mismo fogón donde calentaba las tortillas. Las casas de adobe se derrumbaron solas, el camión se hundió en el pantano, y el cofre de plata apareció vacío, lleno de telarañas y escorpiones.  

Refugio se fue del pueblo con el relicario vacío, murmurando versos de amor envenenado. Fermina, en cambio, sigue esperando cada Día de Muertos, no con flores, sino con sal esparcida en las puertas.  

Y en Santa Clara juran que, si te acercas al río al mediodía, verás a Rosalío sentado en la orilla, contando monedas que se convierten en piedras cada vez que intenta comprar su perdón.  

El único que llora por él es el viento, que repite su nombre entre los sauces, donde ninguna ofrenda brilla.

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