TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

miércoles, 2 de abril de 2025

EL ÁNGEL QUE GUARDABA EL POLVO DE ESTRELLAS



En la ciudad de Nekromunda, un planeta errante que surcaba el vacío a velocidades cercanas a la luz, las dos estrellas gemelas bailaban un vals cuántico en el cielo. Sus pulsos de energía creaban sombras imposibles: edificios que se desdoblaban como naipes, calles que retrocedían en el tiempo al atardecer y, en el centro de todo, un cementerio donde la tierra negra respiraba. Allí, el ángel Xariel, cuyas alas estaban tejidas con el resplandor de supernovas juveniles, custodiaba las tumbas con una espada de cristal que cantaba salmos en frecuencias inaudibles para los vivos.


Los muertos de Nekromunda no descansaban. A los tres días de ser enterrados, sus espíritus se activaban como circuitos divinos y comenzaban el viaje. La tierra húmeda se abría en túneles de raíces luminosas, y las almas corrían por ellos a la velocidad del pensamiento, reviviendo cada instante de sus vidas: el primer beso (que siempre sabía a pan recién horneado), el pecado secreto (aquel que hasta ellos mismos habían olvidado) y el último suspiro (que ahora, liberado del cuerpo, duraba una eternidad). Las emociones los golpeaban como meteoritos: el amor ardía como un sol, la vergüenza pesaba como un agujero negro y, a veces, la alegría estallaba tan fuerte que iluminaba los túneles como un faro cósmico.


Al final del camino, los esperaba el ángel Suriel, cuya luz era tan intensa que podía fundir el hierro con una mirada. Él los recibía con manos que eran constelaciones vivas, calmando sus temblores con palabras que no eran sonidos, sino destellos de memoria pura. Luego, les besaba la frente (donde el beso dejaba una marca en forma de galaxia en espiral) y los espíritus se desintegraban en partículas doradas que viajaban más allá del tiempo, fundiéndose con la esencia de Dios como azúcar en café infinito.


Pero el padre Orfeo, el párroco de la única iglesia del pueblo (una construcción torcida que parecía derretirse bajo el sol doble), había visto algo en el cementerio. Algo que no pertenecía al ciclo sagrado. Las tumbas más recientes amanecían violadas, los cadáveres arrancados de sus sudarios antes de que sus almas comenzaran el viaje. Y lo peor: las paredes de la cripta mostraban arañazos profundos, como si alguien —o algo— hubiera intentado cavar su propio túnel hacia el reino de los muertos.


Xariel lo descubrió una noche sin luna (aunque en Nekromunda las lunas eran siete y nunca coincidían en fase). Entre las sombras que se retorcían por efecto de las estrellas gemelas, vio al intruso: un ser hecho de silicio y sombra, con ojos que eran agujeros de gusano y una boca que repetía, en bucle, los últimos pensamientos de los cadáveres robados. "No estoy listo", "Dónde está mi hija", "El dolor no se acaba". Era un ghoul cuántico, un devorador de tránsitos espirituales, que atrapaba las almas en el limbo entre la carne y el polvo estelar para alimentarse de su energía no consumada.


El combate fue una sinfonía de imposibilidades: Xariel moviéndose a la velocidad de la luz, el ghoul deslizándose entre realidades alternas, y el cementerio mismo retorciéndose como un animal herido. Al final, el ángel clavó su espada de cristal en el corazón del monstruo, que estalló en un gemido de estática cósmica. Pero la victoria tuvo precio: tres tumbas quedaron contaminadas con residuos del ghoul, y sus espíritus, al activarse, comenzaron a revivir no solo sus vidas, sino todas las vidas posibles que pudieron haber tenido.


Ahora, Xariel vela por ellos en una capilla lateral, donde los espectros multiplicados proyectan sus realidades alternas en las paredes como un cine de Dios. Mientras, el padre Orfeo reza con un rosario hecho de dientes de leche de difunto, preguntándose si el ghoul fue un accidente... o el primer soldado de un ejército hambriento de almas atrapadas.


Y en el espacio entre las dos estrellas, Suriel observa. Porque sabe que Nekromunda no es un planeta, sino una bala perdida en el chamberlain del universo. Y que todo, hasta los ángeles, son proyectiles en movimiento.


FIN 

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