Cada mañana, desde que enviudó, el señor Anselmo encontraba palabras bordadas en su almohada. No con hilo, sino con polen de magnolias o ceniza de tabaco. *"Caracola"*, decía una. *"Deshilachado"*, otra. Las anotaba en un cuaderno de contabilidad viejo, entre números de cosechas perdidas y gastos de aceite.
Al otro lado del pueblo, la señora Doria despertaba con sílabas escritas en las sábanas, como si alguien hubiese dormitado entre las fibras del algodón. *"Tregua"*, *"Lapso"*, *"Desvelo"*. Ella las copiaba en los márgenes de sus recetas médicas, junto a indicaciones de dosis y advertencias contra el insomnio.
El viento que cruzaba el puente de piedra llevaba restos de sus palabras mezcladas: *"Caracola-tregua"*, *"Deshilachado-lapso"*. Los niños las atrapaban para jugar a rimar dolores ajenos.
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**📖 LOS CUADERNOS DEL DESORDEN**
Una tarde de cierzo, el cuaderno de Anselmo resbaló al río mientras pescaba truchas con las manos vacías. Las páginas se abrieron como un abanico de sinsentidos: *"Último", "Cicatriz", "Naufragio"*. Río abajo, Doria recogió las hojas empapadas entre los juncos.
—Esto no son palabras —murmuró al ver su propia letra reflejada en los márgenes—. Son migas de algo que se desarmó.
Esa noche, ambos soñaron con una máquina de escribir sumergida. Las teclas, cubiertas de musgo, golpeaban el agua en código morse: *"Búscame-búscame-búscame"*.
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**🗝️ LA DIRECCIÓN EN LAS COSTURAS**
El día que la palabra *"Puente"* apareció siete veces en sus sábanas, Doria notó un patrón: las iniciales de cada término, al unirlas, deletreaban *"Calle del Olvido, 13"*. Anselmo, por su parte, descubrió que las últimas letras de sus palabras formaban *"Casa de la Herradura"*.
El pueblo solo tenía una calle del Olvido. Y en el número 13, una casona con una herradura oxidada sobre el dintel.
Quedaron al amanecer, cuando las palabras nuevas aún estaban húmedas. Él llevó su cuaderno pegado al pecho, como una coraza de papeles. Ella, las sábanas enrolladas bajo el brazo, aún tibias de sueño.
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**❤️🔥 EL POEMA DESARMADO**
En el patio de la casa abandonada, tendieron sus anotaciones entre la maleza. Las palabras flotaron un instante, imantadas por décadas de ausencia, antes de posarse en orden:
*"Tu caracola busca tregua
en mi deshilachado lapso.
Tus naufragios dibujan
la cicatriz que ultima este desvelo."*
Anselmo reconoció la letra de su difunta esposa en las *eses* redondeadas. Doria, la sombra de su marido en las *enes* quebradas. Pero el poema, ahora completo, latía con un ritmo nuevo.
—¿Cuánto hace que nos escribían? —preguntó ella, tocando una palabra que ya no estaba sola.
—Desde que dejamos de esperar respuestas —respondió él, y el viento cerró los cuadernos como libros de actas viejas.
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**🌌 EPÍLOGO: LAS PALABRAS QUE QUEDARON**
Ahora duermen juntos, y las sábanas solo guardan marcas de cuerpos. Pero algunas madrugadas, cuando la luna se filtra por la rendija de la persiana, ven letras danzando en el techo: *"Amor"*, *"Tardío"*, *"Suficiente"*.
Las dejan allí, flotando. Prefieren tejer su propio poema con los hilos del silencio y los puntos suspensivos que dejan entre beso y beso.
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