**📜 RELATO: "EL RÍO DE LAS DEVOLUCIONES AMARGAS"**
El río Sisga no traía peces. Traía dientes de leche envueltos en pañuelos de luto, sortijas de bodas fallidas y fotografías cuyos rostros el agua había desleído hasta convertirlos en fantasmas de gelatina. Los niños del pueblo jugaban a pescar relojes detenidos, que colgaban luego de los árboles como frutas de un tiempo podrido.
Don Anselmo, el taxidermista, fue quien encontró la primera carta. *"Querido enemigo: Te odio tanto que hasta el río devuelve esta misiva"*, decía, firmada por una tal Brígida en 1947. La tinta chorreaba culpa.
—Las aguas no mienten —repetía la abuela Pura, escarbando en la orilla con su bastón de endrino—. Pero tampoco perdonan.
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**🌧️ LAS OFRENDAS DE AGOSTO**
El día que Regino volvió de la guerra sin su brazo izquierdo, el Sisga escupió una prótesis de madera tallada con iniciales que nadie reconoció. La colocaron en el altar de la iglesia, junto al Cristo yacente que olía a cangrejos muertos.
—Es de mala educación rechazar un regalo del río —advirtió el cura, aunque él mismo escondía bajo la sotana una dentadura postiza que el agua le entregó con su nombre inscrito en los molares.
Regino intentó encajar la prótesis en su muñón. Era perfecta. Demasiado. Por las noches, la mano de madera escribía cartas en su escritorio: *"Querida madre: Hoy maté a un hombre que tenía mis ojos..."*
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**💌 LA CARTA QUE NADIE QUISO LEER**
Mercedes, la maestra, encontró la segunda carta. Flotaba entre juncos, sellada con cera de abeja y pelo de mujer.
*"Amor mío de las tardes lluviosas:
Si lees esto, es porque el río me ha perdonado.
Te dejé por miedo a quererte más que a mi propia piel.
Ahora duermo con tu retrato bajo la almohada y tu apellido tallado en una costilla.
Firma: La que se ahogó en tu nombre."*
El sobre tenía una dirección en Madrid. Mercedes lo guardó en su cajón de medias rotas, donde las cucarachas se comieron las palabras *"te amo"* y dejaron intacto el *"perdón"*.
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**🕰️ EL RELOJ DE LA SEÑORA LUCINDA**
Cuando el Sisga devolvió el reloj de bolsillo de Lucinda, el pueblo contuvo el aliento. La aguja menor clavada en las III, la mayor en las XII. La hora exacta en que su marido se desplomó de un infarto frente al espejo del café.
—¿Por qué a mí? —lloraba Lucinda, abrazando el reloj que seguía marcando la misma hora, como si el tiempo se hubiera encallado en su dolor—. ¡Yo no lo maté!
Pero el río, indiferente, siguió arrastrando su secreto: en el reverso del reloj, grabado en letras microscópicas, un nombre de mujer que no era el suyo.
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**🌊 EPÍLOGO: LO QUE EL RÍO SE GUARDÓ**
Nunca devolvió el brazo de Regino, ni el hijo que Mercedes perdió en el cuarto mes, ni el ojo izquierdo de Don Anselmo que un cáncer se llevó en primavera. El Sisga solo daba lo que otros habían tirado: culpas con forma de sortija, traiciones disfrazadas de poemas, silencios que pesaban más que cadáveres.
Una tarde, la abuela Pura se adentró en las aguas con su bastón y su rosario de nombres olvidados. El río le devolvió al amanecer: un zapato infantil, una receta de manzanilla y un suspiro tan viejo que al salir a la superficie, se convirtió en niebla.
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