TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

lunes, 3 de marzo de 2025

El Jardín de los Espejos sin Tiempo

 

En el centro de lo inexistente se extendía un jardín donde las flores no eran simples pétalos, sino espejos que devolvían caminos jamás transitados. Aina, la botánica de tijeras de plata, se deslizaba entre la maleza con una mezcla de asombro y melancolía. Cada corte que realizaba no solo separaba un capullo, sino que abría una rendija en el destino. Mientras sus dedos temblorosos cortaban una rosa-espejo, susurros internos le recordaban: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos.” Con la mirada fija en el reflejo que revelaba un universo alterno, se preguntó en voz baja: «¿Liberaré, o condenaré este incesante juego de posibilidades?»

A lo lejos, Elias, el relojero ciego, sintió el temblor del jardín al compás del acto de Aina. Sus hilos de araña, hábiles tejedores de cronologías, vibraron con el desequilibrio inminente. Con manos firmes, empezó a construir un reloj de agua, intentando captar lo invisible en cada gota. «Aina, ¿sientes también cómo el tiempo se quiebra?», murmuró mientras observaba, en el torvo reflejo de sus aguas, la imagen de Noem luchando por no ahogarse en un mar de dados. “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara”, recitó, dejando que sus dedos de sombra redirigieran el curso del tiempo. El agua se transformó en lluvia, y cada gota se sentía como una aguja de cristal que punzaba la incertidumbre de su alma.

En un rincón del jardín, Noem, la niña que jugaba a ser diosa, lanzaba sus dados tallados en hueso de supernova con una impaciencia que rayaba en la desesperación. «¡Basta ya de juegos vacíos!», exclamó, mientras los dados rodaban revelando símbolos de un ojo omnisciente y un reloj de arena implacable. Al ver su rostro fragmentado en un espejo roto, se llenó de una angustia casi divina: “Cada dado es un universo que destruyo al lanzarlo, un destino que se desvanece sin remedio.” Con voz temblorosa y llena de reproche, se cuestionó: «¿Acaso mi juego condena o redime lo que se esconde en la penumbra del tiempo?»

El clímax llegó cuando la luna, transformada en un espejo sangrante, se alzó sobre aquel crisol de realidades. En un acto desesperado y lleno de fe, Aina se arrodilló ante la luminaria y, con decisión, empezó a podar la luna misma, liberando el mercurio hermético que Elias recogió para sanar sus hilos desgastados. «Cada instante es un latido del universo, y ahora, nuestros destinos convergen», declaró con una voz que mezclaba temor y esperanza. Elias, mirando a Noem a través de la lluvia de espejos, agregó: «Quizá en este cruce de caminos hallaremos el sentido de lo inefable.» Noem, con lágrimas que brillaban como estrellas caídas, asintió mientras sus pensamientos se debatían entre la culpa y la posibilidad de redención.

El jardín, ahora un vasto mosaico de espejos rotos y tiempo coagulado, se transformó en el escenario de una elección ineludible. Con el eco de antiguas palabras resonando en sus mentes, las tres almas se encontraron frente a un abismo de opciones: restaurar las realidades separadas o fundirse en una única existencia fractal. Aina, con el rostro iluminado por la determinación, susurró: «No es el fin, sino el umbral de un nuevo comienzo.» Elias, en un gesto de resignada entrega, y Noem, cargada de la sabiduría dolorosa de sus propios reflejos, se sumergieron en la incertidumbre, conscientes de que cada decisión era un verso en el poema eterno del universo.


Martín Salamanca

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