Bajo el eco de la lluvia
Todo comenzó con un murmullo suave, como si la tierra misma respirara al compás del agua. La noche era un abismo de penumbra, y la brisa fría cortaba la piel como una advertencia velada. Pero no había prisa; el tiempo, siempre una ilusión, se deshacía en aquel instante.
Una figura avanzaba despacio sobre el sendero cubierto de hojas empapadas. Sus pasos resonaban como latidos profundos, cada uno más cerca de algo invisible pero inevitable. No había más luz que la de un farol distante, cuyo parpadeo parecía marcar el ritmo de un misterio sin descifrar.
El agua caía en cascadas desde un risco cercano, formando una melodía interminable. Aquello no era simplemente lluvia: era una danza entre lo eterno y lo efímero, un puente líquido entre mundos. Bajo la tormenta, la figura levantó la mirada. Una grieta se abrió en el cielo, mostrando brevemente una estrella solitaria, y en ese instante el aire cambió.
El corredor que conectaba los dos mundos se materializó entre las sombras. Era un pasillo de piedras irregulares, cubiertas de musgo, que avanzaba hacia un arco de roca blanca. La figura, empapada hasta los huesos, dudó por un instante. En la penumbra, el aire parecía más denso, casi táctil, como si lo invisible estuviera esperando ser descubierto.
Al cruzar el umbral, todo cambió. No había más frío ni humedad, sino una calidez inesperada que olía a madera quemada y café recién molido. Una sala inmensa se abrió ante sus ojos, llena de recuerdos que no eran suyos pero que, extrañamente, reconocía. Allí, una silla junto al fuego le invitaba a descansar, pero la figura sabía que había algo más allá, algo que debía encontrar.
Cada paso hacia el interior de aquel lugar parecía desdoblar la realidad. Los objetos cotidianos -un reloj antiguo, un baúl cerrado, una lámpara apagada- parecían latir con una vida propia, como si contuvieran secretos aguardando ser desvelados. En el centro de la sala, una puerta pequeña pulsaba con un leve resplandor.
Al abrirla, la figura encontró el agua otra vez. Pero no era la misma. Era una corriente que flotaba en el aire, suspendida entre las dimensiones, llevando consigo fragmentos de memorias. Allí, en ese flujo, la figura extendió la mano y tocó una gota que contenía un reflejo: el suyo, pero diferente. Era un eco de sí misma, un recordatorio de todo lo que había sido y todo lo que podía ser.
Finalmente, comprendió. No era necesario entenderlo todo, porque en esa superposición de significados, en ese caos perfectamente orquestado, estaba la verdad. La figura cerró los ojos y dejó que el agua la envolviera, llevándola más allá del tiempo, del espacio, y de sí misma.
Y cuando la lluvia cesó, solo quedó el silencio.
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