TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

lunes, 20 de enero de 2025

El eco del agua rota

 


Cada vez que cierro los ojos, el tiempo deja de ser un río y se convierte en un espejo roto. Fragmentos dispersos reflejan paisajes que no reconozco, pero que sé que son míos. No hay nombres ni direcciones. Solo un vacío que respira. Allí, en el borde de ese abismo interno, llegan tus cartas, no como textos ordenados, sino como suspiros atrapados en un papel que exhala un perfume extraño: no es una fragancia, sino la ausencia misma hecha aroma.


La ausencia no tiene forma, pero sí peso. La llevo en las manos cuando acaricio las fotos que dejaste atrás. Miro tu rostro en ellas y, aunque intento sostenerlo, se escapa como agua entre los dedos. Tus facciones no son estáticas; son reflejos danzantes, un río que fluye en círculos dentro de mi memoria. Cada vez que intento fijar tu imagen, ésta se transforma, como si el pasado se burlara de mi esfuerzo por retenerlo.


La habitación donde vivo está vacía, pero llena de ecos. No de palabras, sino de silencios que resuenan como cuchillos. Nosotros solíamos hablar, ¿recuerdas? Usábamos el lenguaje como un puente. Ahora, es un arma. Cada frase no dicha se convierte en filo; cada mirada esquivada es un rasguño. Nos hemos convertido en escultores de nuestras propias heridas, usando cuchillos envueltos en oro para tallar el dolor con una precisión exquisita.


Un día, cierro los ojos y algo cambia. El eco del agua rota me llama desde el fondo de ese mapa sin nombre. Es un murmullo distante, pero constante, como si el universo mismo quisiera decirme algo que no sé cómo escuchar. Me dejo llevar.


En esa oscuridad, encuentro un pozo. Su superficie es lisa, como el cristal, pero al tocarla, se rompe en mil gotas que caen y se pierden en un vacío infinito. Una gota, sin embargo, se detiene frente a mí. Dentro de ella, veo un rostro: el tuyo, pero no como lo recuerdo. Es más joven, más libre. Es un tú que nunca conocí, una versión que solo existe en este eco del agua rota.


Abro los ojos, pero no regreso. Estoy atrapado en ese mundo líquido, entre memorias que no son mías y ausencias que no puedo llenar. Intento hablarte, pero mi voz no encuentra forma. Solo quedan los cuchillos, ahora inútiles, y las cartas, que se disuelven en mis manos como cenizas húmedas.


No sé cuánto tiempo pasa. Tal vez no hay tiempo aquí, solo el eco interminable del agua rota. Pero en ese eco, en esa fractura, encuentro algo inesperado: un silencio que no duele. Un espacio donde el pasado y el presente coexisten sin luchar. Y en ese espacio, finalmente, te dejo ir.


El mapa sin nombre se desvanece. Ahora solo queda el agua, fluyendo. Y yo, flotando en su corriente, sin peso, sin cuchillos, sin fronteras.

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