Busco
la curva exacta
que complete este hueco
en el centro del pecho.
La naranja prometida
rodó lejos hace siglos,
dejó solo
una cáscara de luna
y el olor dulcemente podrido
de lo que nunca llegó.
Palpo la ausencia.
Es tibia.
Late.
A veces muerde.
Persigo la silueta
que se dibuja
en el reverso de cada cuerpo
que toco:
dedos que casi encajan,
bocas que casi cierran
el vacío,
pero siempre queda
un milímetro
de aire helado
entre piel y piel.
¿Soy yo el que busca
o es la mitad
la que me acecha
desde dentro de otros?
Ella camina delante
con mis propios pasos.
Se detiene
cuando yo me detengo.
Me besa
con labios que no son suyos
y me deja
más partido
que antes.
De noche
me abrazo las costillas
intentando juntar
lo que nunca fue uno.
El hueso responde
con un eco sordo:
nada encaja
porque nada
falta realmente.
La media naranja
no es fruta.
Es cuchillo.
Corta limpio
y promete
que la herida
será hogar.
Sigo buscando.
La lengua sabe a ceniza dulce.
Los brazos se alargan
hasta doler
en la dirección
donde ella
—o su sombra—
acaba de desaparecer.
Tal vez
la plenitud
sea este hueco
que late,
este perseguir
sin llegar nunca,
esta naranja
que rueda
eternamente
un paso
delante
de mi boca abierta.
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