En el filo del Ida,
donde el viento corta,
desciende Iris veloz,
pies como aliento de tormenta,
portando la voz de Zeus.
Héctor, hijo de Príamo,
está de pie tras los caballos,
en el carro que huele a cuero y sangre.
Ella se detiene cerca,
casi sin rozar la tierra,
y le habla con palabras ardientes:
«Héctor, émulo de Zeus,
mientras veas a Agamenón
corre enardecido ante las filas,
pero mantente apartado de la lucha frontal.
Manda a las huestes
batirse con los enemigos.
Mas cuando una lanza te hiera
o una saeta te alcance,
salta al carro
y pondré en tus manos el poder
para matar hasta las naves,
hasta que el sol se oculte
y llegue la sacra oscuridad.»
Así habló Iris,
la de los pies ligeros.
Obedeció Héctor,
saltó a tierra con las armas,
blandiendo lanzas agudas,
recorrió el ejército
despertando una atroz contienda.
Los aqueos se revolvieron,
los argivos cerraron filas,
y entre el polvo y el clamor
el destino tejía su red.
Héctor avanza,
con la orden divina latiéndole
como un segundo corazón,
sabiendo que gloria y muerte
son dos caras
de la misma moneda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario