Pensamientos obsesivos.
Como babosas o un ratón ciego
que se introduce en la colmena.
Si no es posible despedazarlos,
si no se puede desembarazarse del cadáver
que no tarda en apestar el aire,
ellas, las sepultureras sin nombre,
lo encierran herméticamente.
Un sepulcro de olorosa cera y propóleos.
Tapar con resina el orificio de la concha,
reducir la podredumbre a una geometría lisa.
¿No hacemos nosotros lo mismo con la memoria?
Emerge de sí misma.
Como un enorme insecto de caliza
con las patas plegadas sobre el pecho.
Deja en la orilla del andén
el despojo crujiente de su anterior vida.
Cuerpos suspendidos en el paisaje invernal,
mujeres-gusano atrapadas en la corteza de los árboles,
atadas al ramaje por la coacción de un mito antiguo.
No es castigo; es envoltura.
Un estado intermedio entre la madera y la carne.
La prisión es también la matriz de la forma.
Imaginar el avance por las galerías del suelo.
Entre raíces, hojarasca y la saliva de las orugas.
Los filamentos vegetales descienden en la penumbra
hasta tocar el residuo frío de lo que fue un hijo.
En alguna parte de ese mundo húmedo,
el tiempo late como un animal recorrido.
Recorrido por el dolor de la materia que insiste.
El olor espeso de los animales muertos y secos.
La vida insecta.
La rigidez del lino que envuelve la transformación.
La aguja que perfora la cera
para registrar el silencio definitivo.

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