TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

lunes, 25 de mayo de 2026

Los rostros del Padre

 


Año 1943. Valdediós, un pueblo de montaña en la cordillera Cantábrica. La guerra había terminado, pero el hambre no. Las campanas de la iglesia sonaban cada tarde a las seis, y los vecinos se santiguaban sin saber bien si pedían pan o perdón.

En una casa de piedra, al final de una calle sin nombre, vivía Eulogio Miranda. Tenía cuarenta años, pero parecía setenta. Su cuerpo era pequeño, encorvado. Una pierna más corta que la otra. Manos temblorosas. Una mancha de nacimiento le cubría medio rostro, como si alguien hubiera vertido tinta sobre un mapa antes de secarlo.

Los vecinos le llamaban el tonto del pueblo. No porque lo fuera —leía a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz con una devoción que asustaba—, sino porque se pasaba horas hablando solo, mirando al cielo raso, moviendo los labios como si rezara o maldijera.

Eulogio no se ofendía. Decía que Dios le había hecho así, y que así era perfecto.

Nadie le creía. Pero él no necesitaba que le creyeran. Necesitaba que le dejaran existir.


La visita de doña Remedios

Doña Remedios era la mujer del médico. Se creía piadosa, pero su piedad era de las que miden la gracia en centímetros de normalidad. Un día de lluvia entró en la casa de Eulogio. No llevaba limosna. Llevaba un librito de oraciones y la certeza de que aquel hombre necesitaba ser enderezado.

—Eulogio —le dijo, sentándose en la única silla que no cojeaba—, he oído que dices que eres perfecto. Eso es soberbia. La soberbia es pecado.

Eulogio la miró con sus ojos gachos, uno más abierto que el otro, como si cada uno viera un mundo distinto.

—Doña Remedios —respondió con voz que parecía venir de un pozo—, usted me ve defectuoso. Yo me veo creado. El Creador no hace piezas defectuosas. Las hace distintas.

—¿Distinto es tener la cara manchada y una pierna torcida?

—Eso es el molde. Lo que importa es lo que el molde contiene.

Doña Remedios suspiró. Creyó que estaba ante un caso de herejía infantil, pero Eulogio tenía cuarenta años y una paz que a ella le daba miedo.

—¿Usted cree que Dios se deleita en su sufrimiento? —preguntó ella, cambiando de táctica.

—Dios se deleita en mi existencia. El sufrimiento es mi parte del trato. No me quejo. ¿Para qué iba a quejarme de lo que Él eligió para mí?

—Pero si usted pudiera elegir, ¿no querría estar sano?

Eulogio sonrió. Su sonrisa torcía la mancha de su rostro, y por un instante pareció que el mapa de tinta se animaba.

—Doña Remedios, la salud es una idea de los médicos. La perfección es una idea de Dios. Yo no quiero estar sano. Quiero estar completo. Y ya lo estoy.

La mujer del médico se levantó. Guardó el librito de oraciones. Salió sin despedirse.

Afuera, la lluvia seguía cayendo. Pensó que Eulogio estaba loco. Pero también pensó que quizá la locura era otra cosa: la incapacidad de ver la perfección en lo que duele.


El sermón del campanario

Eulogio no iba a misa. No porque no creyera —creía tanto que le ardía el pecho—, sino porque el sacerdote, don Prudencio, le había prohibido entrar después de que un domingo se pusiera a llorar en medio de la homilía y dijera en voz alta: “¡Qué hermoso es Dios que nos hace tan rotos!”

Los feligreses se rieron. Don Prudencio se enfadó. Eulogio no volvió.

Pero cada viernes, al atardecer, subía al campanario. Las escaleras eran duras para su pierna torcida, pero las subía con la lentitud de quien reza. Arriba, entre las campanas y el polvo, se sentaba en un banco de madera podrida. Y allí, sin que nadie le oyera, predicaba.

—Padre —decía mirando al cielo raso agrietado—, gracias por hacerme imperfecto. Si fuera perfecto a la manera de los hombres, sería un espejo. Prefiero ser una piedra rota en la que se refleja tu luz de mil maneras distintas.

Y luego, bajaba. Y volvía a su casa. Y nadie sabía que en el campanario de Valdediós había un hombre que predicaba ángeles a las campanas.


El día que Eulogio habló de la sangre

Una tarde, el hijo del herrero, un muchacho de quince años llamado Anselmo, se acercó a la casa de Eulogio. Le tenía miedo, pero también curiosidad. Había oído que aquel hombre decía cosas raras, y en un pueblo donde todos decían lo mismo, lo raro era un lujo.

—Eulogio —le preguntó desde la puerta—, ¿es verdad que Dios te hizo feo a propósito?

Eulogio no se ofendió. Le invitó a pasar. Le ofreció un vaso de agua. Y luego, con la voz que parecía venir de otro siglo, le dijo:

—Mira mis manos, Anselmo. Tiemblan. No pueden sostener un martillo ni afilar una guadaña. Pero pueden sostener un rosario. Y también pueden sostenerse entre sí cuando rezo. Esa tembladera es mi forma de estar vivo. Dios no me hizo feo. Me hizo frágil. Y la fragilidad, cuando se ofrece al Creador, es más hermosa que todas las catedrales.

—Pero duele —dijo Anselmo.

—Claro que duele. La perfección duele. Por eso Cristo eligió la cruz. No porque fuera bonita. Porque era verdad.

Anselmo se quedó callado. Nunca había oído a nadie hablar de Dios así. Sin miedo. Sin letanías. Como quien habla de un padre que está en la cocina, no en un trono.

—¿Y tú no has querido matarte? —preguntó el muchacho, con la crudeza de los quince años.

Eulogio bajó la mirada. Por un instante, su rostro se contrajo. Luego volvió a sonreír.

—Sí. Muchas veces. Pero cada vez que pensaba en el cuchillo, recordaba que mis manos temblorosas lo dejarían caer. Y entonces me reía. Porque Dios, en su infinita sabiduría, me había quitado hasta la fuerza para matarme. Y eso, Anselmo, es amor.


La muerte de Eulogio

No hubo velatorio. No hubo flores. Porque cuando Eulogio murió, en el invierno de 1951, nadie lo supo hasta que el cartero, al ver la puerta abierta, entró y lo encontró en la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa que parecía pintada.

El médico dijo que fue un paro cardíaco. Doña Remedios dijo que fue la mano de Dios. Don Prudencio dijo que lo enterraran en el cementerio viejo, sin cruz, porque en vida había sembrado confusión.

Pero Anselmo, el hijo del herrero, que ya tenía veintitrés años y había heredado la fragua, pidió permiso para cavar él mismo la tumba. Y mientras cavaba, iba diciendo en voz baja las palabras que recordaba de Eulogio:

“Dios no te dejará siquiera oler su gracia si no pierdes nada. Será en la pérdida que te encontrarás perfecto, embriagado bajo la divinidad, disuelto en tu verdad…”

Los vecinos le oían y se santiguaban. No sabían si aquello era una oración o un conjuro. Anselmo tampoco. Pero siguió cavando.

Cuando terminó, metió el cuerpo de Eulogio en la tierra. Y sobre la tumba, en lugar de una cruz, puso una piedra con una mancha oscura que se parecía vagamente a un rostro.

Alguien preguntó qué significaba.

Anselmo dijo: “Es el rostro de Dios. O el mío. O el de todos. Da igual. Todos somos perfectos desde que nacimos. Lo que pasa es que nos empeñamos en mirarnos en espejos que no saben reflejar.”


Lo que se dice hoy en Valdediós

El pueblo sigue ahí. La iglesia, también. El campanario, con sus escaleras podridas, ya nadie las sube. Pero los viejos cuentan que, en las noches de tormenta, se oye una voz que recita desde arriba. No es el viento. No es un búho. Es algo que quiere ser palabra y no puede.

Los jóvenes se ríen. Los viejos se santiguan. Y Anselmo, ahora anciano, calla.

Pero en su fragua, colgada de un clavo, hay una fotografía amarillenta: un hombre pequeño, encorvado, con una mancha en el rostro y una sonrisa torcida. Al pie, escrito a lápiz:

“Eulogio Miranda. Perfecto.”


Nodo de fricción (para que el lector no cierre el relato y se vaya pensando que Dios es fácil):

Si Eulogio era perfecto porque Dios lo creó roto, ¿qué pasa con los que no creen en Dios? ¿Su imperfección también es perfecta, o solo están rotos sin consuelo?

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