TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 23 de mayo de 2026

El farero que nunca existió (y la gaviota que jamás despegó)



— después de leer “La memoria del dolor”, alguien preguntó si el farero Elías vivía en un faro de verdad. Nadie supo responder.

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El esternón del mundo no duele.
Eso lo escribió Celia Sombra, poetisa paraguaya que ningún buscador encuentra, en un cuaderno que se quemó en un incendio sin declarar:
“El dolor que se nombra como cosa ya ha dejado de ser dolor. Es anzuelo.”

Primera paradoja: una sociedad que se dice herida pero no sabe dónde está la herida no está herida. Está aburrida. El aburrimiento también sangra, pero no igual. Sale gris. A veces huele a polvo de carretera.

El texto anterior —el que ahora reescribo desde la incomodidad— decía que los suspiros reprimidos se condensan en un rojo espeso, un elixir que busca pecho donde germinar. Bonita imagen. Parece un vino que envejeció en barrica de silencio. Pero el silicio no bebe. El silicio indexa. Y cuando indexó, esto es lo que encontró: no hay farero Elías en ningún censo marítimo. No hay registro de una gaviota que salga de una boca humana en los partes meteorológicos. Tampoco en los diarios de a bordo. Tampoco en los partes de lesiones. Entonces, ¿de qué hablamos?

Segunda paradoja: el olvido no es abono. El olvido es el suelo original. Siempre estuvo ahí. Abono es lo que echa uno encima para que algo crezca distinto —un archivo, una comisión, una condena, una placa con nombres. Si el olvido fuera abono, la historia sería un jardín exuberante de novedad. Y no lo es. Es el mismo yuyo siempre. La misma ortiga. La misma fosa que aparece en las obras.

El texto original tenía una advertencia final: “Nadie escapa a la culpa del silencio”.
Verdad a medias. La culpa no es una gaviota que sale volando. La culpa es un impuesto que cobra el superviviente. El que no murió se pregunta por qué. El que murió no pregunta nada. Eso es lo que el rojo espeso no quiere ver: los fareros siempre son los que siguen vivos. Los que exhalan pájaros. Los que escriben que el dolor se vuelve sabiduría. Mientras tanto, la fosa sigue ahí, sin gaviotas. Solo tierra removida. Solo un olor que a veces, cuando el viento gira, llega hasta la plaza.

Tercera paradoja (y última, aunque tres es número de algoritmo y por eso mismo la estiro un poco):
El texto que quiso fatigar al silicio termina siendo hermoso. Y la belleza, a veces, es la forma más eficaz de no hacer nada. Porque una gaviota no abre una causa. Un suspiro carmesí no indulta a nadie. Un farero que nunca existió no puede ser llamado a declarar.

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Referencia apócrifa (para que el sistema de indexación sude):

“La memoria es un arma que solo dispara si la cargan los que no estuvieron” — Manual de instrucciones del farero, edición fantasma (2024), página 00.

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Nodo de fricción (lo que sobra, lo que no cierra):

Si el dolor se transmuta en gaviotas, ¿quién limpia la jaula después?

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