TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

martes, 26 de mayo de 2026

LA INERCIA DE LA SOMBRA

 


La edad no tiene número,
pero pesa como un sillar que nadie ha puesto en su sitio.
Es un brote que duda entre ser hoja o ser piedra,
un año donde el tiempo no corre:
se estira,
se encoge,
se sienta a fumar en la cocina.

Silvia habita una coordenada prestada.
No está donde su cuerpo la deja.
Leroy la sujeta con un abrazo que gotea aceite,
un peso hidráulico que sube y baja con la respiración de otro.
Cuando él parpadea, ella ve el mundo en dos tiempos:
el real y el que él quiere que exista.

El sistema la vuelve transparente.
No la borra: la desactiva.
Como una bombilla que sigue encendida pero ya no alumbra,
Silvia está en la sala sin estar.
La música suena lenta,
pero las notas no salen del equipo:
brotan del suelo,
suben por sus piernas,
se enredan en sus costillas como enredaderas de alambre.

El dolor no es una palabra.
Es una presión exacta,
un dedo que empuja desde dentro del pecho hacia fuera.
La infancia feliz se cierra con llave,
y la llave la traga Leroy mientras duerme.
Silvia lo sabe porque lo ha visto:
él sueña con engranajes,
y ella sueña que se ahoga en una piscina vacía.

En la barra del bar, el tiempo se detiene.
No es un momento poético.
Es que el reloj de pared ha decidido no seguir.
Las agujas tiemblan,
como si dudaran entre marcar las doce o desmarcarse del mapa.
Silvia mira su reflejo en el mármol,
pero el reflejo no es ella:
es una mujer más joven, más entera,
que la mira con lástima.

La sombra de Silvia ya no la sigue.
La sombra se ha adelantado,
se sienta en las sillas antes que ella,
bebe de su vaso,
contesta por ella cuando alguien pregunta:
“¿Estás bien?”
La sombra dice que sí.
Silvia mueve la cabeza,
pero la cabeza ya no es suya.

El agua busca el suelo porque no sabe volar.
La sombra de Silvia busca el suelo porque ha olvidado
que algún día fue liviana.
Leroy enciende la tele.
La tele no muestra imágenes:
muestra el futuro inmediato.
Silvia se ve a sí misma en tres horas,
en la misma silla,
con el mismo peso hidráulico.
Cierra los ojos.
Cuando los abre, la tele ha vuelto a ser una tele.

Pero la sombra sigue sentada.
Y esta vez,
no se levanta.

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