En la ladera asolada del Ida, donde el viento cincela la piedra, el destino dictó su sentencia bajo la forma de una deidad alada. Iris, apenas un roce inmaterial sobre el polvo troyano, trajo a Héctor las sílabas de un dios inescrutable. Le ordenó rehuir el centro del fragor mientras el Atrida se embriagara de matanzas, y aguardar el instante preciso en que el hierro enemigo rozara su carne. Solo entonces, le fue revelado, se le concedería la potestad de aniquilar hasta que el sol se hundiera en la sacra oscuridad.
Héctor, asido al cuero de su carro, comprendió en ese instante la simetría de su propia perdición. Descendió a la llanura armado no solo con bronce, sino con la certeza de un hombre que camina por el interior de un laberinto ya trazado. Azuzó a sus huestes, y el choque de los escudos resonó como el eco de una partida jugada en otro tiempo. Avanzó con la orden latiendo en el pecho, sabiendo, con la lucidez de los condenados, que la gloria prometida y la muerte inminente no eran sino el anverso y el reverso de una misma y despiadada moneda acuñada por los inmortales.
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