TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 1 de agosto de 2026

El limo del diafragma

 ¿Qué necesita expulsar un cuerpo —o una sociedad— para sostener la ficción de que está limpio y bajo control? En este ensayo exploramos cómo la náusea y lo abyecto no son meros accidentes biológicos, sino el residuo inevitable que el orden produce para poder mantenerse en pie. Te invito a cruzar estas líneas para sentir la viscosidad de la frontera cuando el margen amenaza con infectar el centro.

El limo del diafragma

El sabor metálico que asciende por el esófago a las 7:10 de la mañana, mientras la mandíbula se aprieta frente al espejo manchado del baño. El diafragma se contrae en un espasmo seco que no llega al vómito; una náusea limpia, desprovista de fluido, desencadenada por el olor a humedad rancia que emana del desagüe del lavabo. La piel del cuello se eriza no ante un peligro externo articulado, sino ante la intuición inmediata de la propia viscosidad interna.

El borde de la uña encarnada.

En la comisura del dedo gordo del pie izquierdo, un hilo diminuto de pus ambarino suura contra la media de lana cruda. La masa orgánica, separada del cuerpo pero nacida de su tejido, no pertenece a la categoría de lo limpio ni a la del objeto ajeno. Es el residuo que la forma expulsa para mantener la ilusión del contorno intacto. Una secreción tibia que ensucia la costura antes de que el zapato vuelva a cerrarse.

La expulsión del margen.

El impulso de trazar fronteras impolutas para proteger la casa o la estructura política exige la presencia constante de la basura al otro lado de la cerca. Las instituciones y las geografías higienizadas necesitan producir su propia inmundicia, aislar los cuerpos que no encajan en el molde y confinarlos a la penumbra de la frontera. Lo que se rechaza para poder respirar tranquilo no desaparece; queda pudriéndose en el perímetro, amenazando con retornar al primer descuido de la vigilancia.

La bilis en la garganta.

El chasquido de los dientes al tragar la saliva ácida. La arcada se detiene justo en el límite de las cuerdas vocales, dejando una quemadura fría en la mucosa. La compostura se restablece en la superficie del rostro, mientras la podredumbre orgánica sigue marcando, por abajo, el precio que paga el organismo para no desmoronarse.

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