TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 1 de agosto de 2026

La costra en el labio

 ¿Por qué seguimos atrapados en hábitos y entornos que sabemos perfectamente que nos destruyen? En este ensayo examinamos la lección de Žižek sobre la ideología: no nos engancha porque nos engañe, sino porque nos da el placer turbio de participar en nuestra propia ruina. Te invito a cruzar estas líneas para sentir el peso de esa sangría voluntaria cuando la verdad desnuda ya no basta para salvarnos.

La costra en el labio

El roce repetido del incisivo superior sobre la piel suelta del labio inferior a las 11:30 de la noche, frente al brillo azul del teléfono. La carne viva escoce al contacto con la saliva ácida, pero el diente insiste en arrancar la fibra hasta hacer brotar una gota densa de sangre. El dolor es conocido, el sabor a hierro en la boca es desagradable y, sin embargo, la mandíbula no se detiene.

La pulsión del pulgar.

En el rincón de la mesa de noche, una copa de cristal fino sostiene un resto de vino rancio. En el fondo, dos moscardones ahogados permanecen inmóviles, con las alas traslúcidas pegadas al cristal por el azúcar seco. Tres patas peludas sobresalen del líquido oscuro. La suciedad está a la vista, limpia de cualquier enigma.

El cansancio de la retina.

Saber exactamente cómo la trampa destruye el tejido articular no impide que los dedos sigan ejecutando el movimiento. La información detallada sobre el veneno no neutraliza la sed; la explicación del engaño se consume con el mismo apetito con que se traga la masa infectada. El mecanismo que sostiene la adicción a la pantalla no es la ceguera ni la falta de datos, sino el placer turbio que produce permanecer amarrado a la quemadura mientras los ojos arden por la falta de sueño.

La sangre en la boca.

El chasquido de la lengua al limpiar la herida abierta en la carne. La conciencia del daño no interrumpe el gesto. La mano apaga la luz, pero el dedo pulgar vuelve a encender el cristal antes de que la cabeza toque la almohada.

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