TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

miércoles, 29 de abril de 2026

El resplandor del borde

 


Lacan no lee tragedias. Las habita. Y cuando se acerca a Antígona, no busca un conflicto entre dos leyes ni una lección moral sobre los límites del poder. Busca otra cosa: el punto exacto donde el deseo se vuelve visible. Para él, Creonte y Antígona no representan dos órdenes normativos enfrentados. Ambos invocan a los dioses. Ambos creen tener la razón. La verdadera oposición está en otra parte, en un concepto griego que Lacan rescata y redefine: la áth. Tradicionalmente traducida como castigo, ruina o fatalidad, Lacan la convierte en un límite. No un límite cualquiera, sino la frontera que hace posible la existencia humana. El borde entre la vida y la muerte, lo decible y lo indecible, lo visible y lo que solo puede mostrarse en el momento de desaparecer.

Creonte comete un error de juicio. No es un malvado, no es un tirano sanguinario —al menos no solo eso. Su error es más sutil y más trágico: quiere que la ley sea sin límites. Su decreto debe aplicarse sin excepción, sin fisura, sin ese margen de indeterminación que toda norma lleva consigo. Pero la ley que no reconoce su propio borde se vuelve inhumana. No porque sea injusta, sino porque olvida que hay algo que se le escapa, algo que no puede capturar ni con la mejor de las razones. Ese algo es Polinices, pero no el Polinices traidor que atacó Tebas. Es el Polinices puro, el ser más allá de sus actos, el hermano único e irreemplazable que ninguna ley universal puede nombrar sin traicionarlo.

Antígona, en cambio, apunta hacia ese más allá. Su deseo no tiene objeto concreto. No quiere nada que podamos señalar con el dedo. Quiere el ser mismo de su hermano, su singularidad radical, aquello que lo hace distinto de cualquier otro hombre, cualquier otro cadáver, cualquier otro criminal. Por eso dice que por un esposo o un hijo no habría hecho lo mismo: ellos son sustituibles. Otro hombre puede ocupar el lugar del esposo. Otro hijo puede nacer de otro vientre. Pero el hermano, cuando los padres han muerto, es único. Y lo único no se rige por la lógica del intercambio que gobierna el mundo de la ley. Lo único solo puede afirmarse hasta las últimas consecuencias, aunque esas consecuencias sean la muerte.

Lacan identifica ese deseo con el deseo de la madre. La frase es críptica, pero tiene una historia detrás. Antígona es hija del incesto. Su padre es su hermano. Su madre es su abuela. La familia de Edipo es una máquina de violar el tabú fundamental que organiza la cultura. Antígona no puede escapar de ese origen. Su deseo apunta hacia el origen mismo, hacia esa madre que deseó y fue deseada de manera prohibida. Ella asume el crimen original de su casa. No lo repara —no puede— pero lo asume. Y al asumirlo, se convierte en guardiana del límite que ese crimen transgredió. Su belleza, para Lacan, brilla en el momento en que camina hacia su muerte, con un pie en el mundo de los vivos y otro en el de los muertos. Es la belleza de la finalidad sin fin, de lo que no sirve para nada pero nos fascina porque en él se hace visible el deseo puro. Como la sonrisa de la Gioconda o la mirada de una mártir, Antígona nos atrapa porque su deseo no se resuelve en ningún objeto. Es deseo de deseo. Y eso, para Lacan, es la esencia misma de lo trágico.

Soto Moreno, sin embargo, sospecha de esta construcción. Señala que la traducción de áth como límite es forzada. En varios pasajes de la obra, el término no encaja bien en ese molde. ¿Cómo puede haber "dos áth"? ¿Cómo puede el límite "pertenecer" a alguien? ¿Qué sentido tiene decir que "ninguna áth se omite"? La lectora prefiere la traducción tradicional: castigo, ruina, desgracia. Lo que Antígona acepta no es un límite ontológico que deba ser custodiado, sino un castigo concreto por su desobediencia. Y esa discrepancia no es menor: si la áth es castigo, entonces Antígona no está defendiendo la frontera de lo simbólico, sino afirmando un valor singular aunque eso le cueste la vida. Es una heroína de la lealtad, no una sacerdotisa del límite.

Pero quizá ambas lecturas pueden convivir. Porque incluso si aceptamos la traducción tradicional, la intuición de Lacan sigue iluminando algo central de la obra. Antígona camina hacia la muerte con los ojos abiertos. Sabe que va a morir. Y no se arrepiente. En ese gesto, en ese sí dicho a la muerte por amor a lo irreemplazable, hay una belleza que ninguna explicación causal agota. Esa belleza es la que Lacan intentó nombrar, aunque tuviera que forzar una palabra griega para hacerlo. Y quizá, al final, forzar las palabras sea lo único que podemos hacer cuando nos enfrentamos a algo que no debería ser tan bello, pero lo es. Como el cadáver de un hermano al que los vivos niegan la tierra, y que una hermana, contra toda ley, decide cubrir con sus propias manos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario