TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

jueves, 30 de abril de 2026

La Transustanciación del Píxel

 


En el mercado de Kampala, el aire tiene la densidad del aceite usado y la esperanza es una mercancía que se despacha en recortes de revista. Ronnie Okocha Kauma es el arquitecto de esos milagros de bolsillo. Su oficio consiste en la costura de imposibles: toma el rostro de un vendedor de carbón y lo injerta en el fuselaje de un jet privado; sitúa a una lavandera en el palco de honor junto a ídolos de pies de oro. Para Ronnie, la realidad es una superficie mal pegada que siempre admite una capa más de pegamento.

Su mayor éxito, sin embargo, no son los aviones ni los estadios, sino los botones del padre Bill. Son pequeños círculos de plástico donde el rostro del sanador indio sonríe con una fijeza sobrenatural. Ronnie observa a sus clientes con un cinismo que le protege del hambre: ve cómo sumergen los botones en vasos de agua, esperando a que la tinta se desprenda y el líquido se vuelva sagrado. Los ve beberse el residuo del papel con una unción que él solo reserva para el aguardiente. Para el fotógrafo, es un comercio de formas vacías; él vende celulosa y recibe chelines. No hay misterio en la imprenta, solo repetición.

Pero la enfermedad no entiende de ironías. Cuando la fiebre comenzó a trepar por su espalda como una criatura de mil patas, Ronnie descubrió que el conocimiento es una defensa frágil ante el dolor. Tirado en su catre, rodeado de restos de cartulina y rostros recortados, sintió que su cuerpo se volvía tan delgado como una de sus composiciones. La medicina real estaba lejos, tras una frontera de dinero que no podía cruzar.

A media noche, con el pulso convertido en un tambor desquiciado, sus manos buscaron a tientas en el cajón de los descartes. Encontró un botón del padre Bill, uno con el borde mal cortado, una pieza defectuosa que nadie hubiera comprado. Lo dejó caer en el vaso. Observó cómo el agua rodeaba el plástico, cómo las burbujas se pegaban a la sonrisa del santo. Ronnie sabía que allí no había más que química barata y polímeros. Sabía que la curación era una construcción colectiva, un acuerdo invisible entre la desesperación y el fetiche.

Al acercar el borde del cristal a sus labios, sintió el peso de toda la sed de Kampala. No era el agua lo que buscaba, ni la imagen del hombre de fe, sino la posibilidad de que el artificio, llevado a su última consecuencia, pudiera perforar la realidad. Bebió despacio, tragando el frío y la sospecha, esperando que la mentira fuera, por una sola vez, lo suficientemente sólida como para sostener la vida.

Al amanecer, el vaso estaba vacío sobre el suelo de tierra, y el rostro de papel del padre Bill brillaba, todavía seco, bajo el fondo de cristal.

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