TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

miércoles, 29 de abril de 2026

La comunidad que no sabe llorar

 


Toda comunidad se construye sobre una exclusión. Esa es la lección más incómoda que Antígona deja en la superficie después de veinticinco siglos. No lo dice ella, porque ella está muerta. Lo dice su cadáver, lo dice su grito, lo dice esa tierra removida que Creonte no quería ver. Para que Tebas exista como ciudad ordenada, alguien tiene que quedar fuera. Polinices es ese alguien. Pero no solo él. También Antígona. Y también todos aquellos que, como ella, se atrevan a recordar que el muerto que el poder declara inmundo sigue siendo un cuerpo que merece tierra.

El problema de fondo, el que Erika Soto Moreno destila del diálogo entre Hegel, Lacan y Butler, es que la comunidad occidental ha necesitado siempre un afuera sobre el que sostenerse. La ley humana, la del Estado, la de Creonte, solo puede afirmarse a sí misma negando algo. En Hegel ese algo era lo particular, la familia, la mujer, lo divino. En Lacan era el límite mismo, la frontera de lo simbólico que debe ser custodiada pero también sacrificada. En ambos casos, Antígona es esa negación hecha carne. Ella es lo que la comunidad necesita excluir para ser comunidad. Pero entonces surge la pregunta que atraviesa todo el artículo de Soto Moreno: ¿y si esa exclusión no fuera necesaria? ¿Y si pudiéramos imaginar una comunidad que no se construya sobre la expulsión de alguien, sino sobre el reconocimiento de que el otro, incluso el otro que nos amenaza, sigue siendo uno de los nuestros?

Butler responde con una idea tan sencilla como radical: el duelo prohibido es la prueba del nueve de toda comunidad. Cuando Creonte impide enterrar a Polinices, no solo castiga a un traidor. Está diciendo que la muerte de Polinices no merece llanto. Que no es una muerte de verdad. Que puede ser ignorada, silenciada, borrada. Y esa prohibición del duelo es, para Butler, la forma más pura de violencia política: no matar al cuerpo, sino matar la posibilidad de que esa muerte sea reconocida como pérdida. Antígona desafía esa prohibición. Entierra a su hermano. Llora lo que no debe ser llorado. Y al hacerlo, muestra que la frontera entre lo llorable y lo no llorable es arbitraria, contingente, modificable.

Soto Moreno recoge aquí una voz que ha estado presente en el ensayo desde el principio: la de Luce Irigaray. Para Irigaray, la mujer ha sido siempre ese espejo donde el hombre se mira para construirse, pero que no tiene derecho a hablar. Antígona es la guardiana de los muertos, la que sostiene el mundo masculino desde las tinieblas, pero no participa de él. Butler le critica que siga buscando una identidad femenina positiva, cuando para Butler las identidades fijas son precisamente la jaula. Sin embargo, ambas coinciden en algo fundamental: la comunidad que conocemos necesita un afuera. La mujer, el extranjero, el muerto sin duelo, el hermano traidor. Todos ellos son los pilares invisibles sobre los que se levanta el edificio.

La pregunta que queda abierta, la que el artículo no cierra porque no puede cerrarla, es si podemos construir una comunidad diferente. Una que no se funde en la exclusión, sino en la inclusión de lo excluido. Una que no necesite un enemigo interno para cohesionarse. Una que, en lugar de prohibir el duelo, lo convoque. Que llore a todos sus muertos, no solo a los que le conviene llorar. Soto Moreno es escéptica, pero no derrotista. Reconoce que Butler no demuestra del todo que Antígona pueda ser el emblema de esa comunidad alternativa. Sus versos no son concluyentes. Su deseo incestuoso es más una interpretación que una evidencia textual. Pero quizá la fuerza de Antígona no esté en la precisión de su perfil psicológico, sino en su gesto. El gesto de la muchacha que toma tierra con sus manos y cubre el cadáver de su hermano sabiendo que eso la condena. Ese gesto no pide permiso. No espera reconocimiento. No busca fundar una nueva ley. Solo dice: esto es lo que hay que hacer, aunque nadie lo apruebe. Una comunidad que supiera escuchar ese tipo de gestos, que no los silenciara con edictos ni los enterrara vivos en criptas insonorizadas, quizá sería una comunidad más justa. No perfecta. No sin conflictos. Pero al menos una comunidad que no necesita olvidar sus propias muertes para seguir respirando.

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