La envoltura del vacío
El oficio de no derramarse
Existir antes de ser.
Dispersarse en fragmentos sin orilla.
Sentir el sismo de un brazo que se aleja
y habitar la caída que no conoce suelo.
Caer sin nombre.
Derrumbarse en el blanco
de un miedo sin sujeto.
Ser un trozo de nada
que busca una forma que lo cierre.
Vivir la discontinuidad
como si fuera el fin del mundo,
porque a veces lo es.
I.
El tono se apaga.
El borde se rompe
sin hacer ruido.
Hay un hambre que no es del cuerpo:
el hambre de una superficie
que sostenga,
de algo que diga aquí terminas tú,
aquí empieza el mundo,
y esa línea te protege.
Ser una alerta muda
en un vacío que no cesa
es el trabajo más agotador
que nadie ve.
II.
Entonces: el peso de un pecho.
La firmeza que no explica nada
pero inventa el contorno.
Descubrir que el vacío
se puede atravesar sin morir,
que el derrumbe tiene ritmo,
que incluso la caída
puede volverse música
si hay algo que la escuche.
No es salvación.
Es más pequeño y más real:
es el instante en que los fragmentos
dejan de huir los unos de los otros.
III.
Anclarse a la materia de un abrazo que piensa.
Aprender a caerse por dentro
sin desaparecer.
Esto es lo que nadie enseña:
que la unidad no es un estado,
es un oficio.
Que uno se une a sí mismo
una y otra vez,
con la paciencia torpe
de quien aprende a coser
sobre una tela que se mueve.
Nacer a uno mismo
no ocurre una sola vez.
Ocurre en la coreografía del sostén,
en cada momento en que algo —
un brazo, una palabra, una superficie fría —
le recuerda al cuerpo
dónde termina
y puede, por fin,
descansar en ese límite.
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