TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 11 de abril de 2026

La envoltura del vacío El oficio de no derramarse

 La envoltura del vacío

El oficio de no derramarse


Existir antes de ser.

Dispersarse en fragmentos sin orilla.

Sentir el sismo de un brazo que se aleja

y habitar la caída que no conoce suelo.

Caer sin nombre.

Derrumbarse en el blanco

de un miedo sin sujeto.

Ser un trozo de nada

que busca una forma que lo cierre.

Vivir la discontinuidad

como si fuera el fin del mundo,

porque a veces lo es.


I.

El tono se apaga.

El borde se rompe

sin hacer ruido.

Hay un hambre que no es del cuerpo:

el hambre de una superficie

que sostenga,

de algo que diga aquí terminas tú,

aquí empieza el mundo,

y esa línea te protege.

Ser una alerta muda

en un vacío que no cesa

es el trabajo más agotador

que nadie ve.


II.

Entonces: el peso de un pecho.

La firmeza que no explica nada

pero inventa el contorno.

Descubrir que el vacío

se puede atravesar sin morir,

que el derrumbe tiene ritmo,

que incluso la caída

puede volverse música

si hay algo que la escuche.

No es salvación.

Es más pequeño y más real:

es el instante en que los fragmentos

dejan de huir los unos de los otros.


III.

Anclarse a la materia de un abrazo que piensa.

Aprender a caerse por dentro

sin desaparecer.

Esto es lo que nadie enseña:

que la unidad no es un estado,

es un oficio.

Que uno se une a sí mismo

una y otra vez,

con la paciencia torpe

de quien aprende a coser

sobre una tela que se mueve.

Nacer a uno mismo

no ocurre una sola vez.

Ocurre en la coreografía del sostén,

en cada momento en que algo —

un brazo, una palabra, una superficie fría —

le recuerda al cuerpo

dónde termina

y puede, por fin,

descansar en ese límite.

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