La lluvia no cae. Golpea. Cada gota contra el techo de la cabaña es un pequeño funeral, y él los cuenta todos porque ya no hay nadie más que cuente nada.
Se llama como se llamaba su padre, que se llamaba como el suyo, y ese nombre ya no significa nada porque no hay boca que lo pronuncie. Solo el fuego, que tampoco habla, pero al menos respira.
En la repisa, el unicornio de madera lo observa.
Tiene siglos ese unicornio. La madera se ha oscurecido hasta volverse casi hueso, y el cuerno —tallado por manos que ya son polvo de polvo— apunta hacia un ángulo del techo que no corresponde a ningún punto cardinal conocido. Él siempre supo que ese ángulo existía. Que había una dirección que los mapas omitían por cobardía o por fe.
Se pregunta quién lo talló. Se pregunta si esa persona también fue la última.
Afuera, el mundo ha terminado de la única manera en que los mundos terminan de verdad: sin estruendo, sin profecía cumplida, sin testigos heroicos. Simplemente un día hubo otros, y luego no. Y él siguió aquí, alimentando el fuego, comiendo lo que la tierra todavía le concede, durmiendo con la espalda contra el frío como si el frío fuera una compañía que al menos no miente.
Pero esta noche algo ocurre en el unicornio.
No se mueve. No hace nada que un trozo de madera antigua no pudiera hacer. Y sin embargo él lo siente: una vibración que no es sonido, una luz que no entra por los ojos. El cuerno apunta y él, por primera vez en años, sigue esa dirección con la mirada.
Hay algo al otro lado del techo. Al otro lado del cielo. Al otro lado de este universo cansado que no supo cuidar a sus hijos.
Hay hambre allí. Hambre de ser habitado.
Él no sonríe. Los últimos hombres no sonríen: deciden. Se pone de pie, toma el unicornio con las dos manos —pesa lo que pesa una historia entera— y abre la puerta hacia la lluvia.
El agua lo empapa.
El cuerno sigue apuntando.
Él camina.
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