TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

jueves, 27 de agosto de 2026

Cuando Empédocles vuelve a mirar el mundo

 


Hay descubrimientos que amplían nuestro conocimiento y hay otros que modifican la imagen que teníamos de aquello que creíamos conocer. El hallazgo de treinta versos desconocidos de Empédocles pertenece, para mí, a esta segunda categoría. No porque treinta versos puedan parecer, en términos materiales, una cantidad extraordinaria, sino porque a veces una pequeña cantidad de lenguaje contiene una enorme cantidad de mundo. Un fragmento puede ser diminuto como objeto y gigantesco como acontecimiento intelectual. Y eso es precisamente lo que ocurre cuando, después de más de dos milenios, una voz filosófica que solo conocíamos a través de testimonios indirectos vuelve a aparecer directamente sobre un papiro.

Empédocles pertenece a ese extraño momento de la historia en el que el pensamiento occidental todavía no había decidido qué debía ser la filosofía. No existían las fronteras modernas entre física, metafísica, biología, cosmología, psicología y poesía. Un filósofo podía hablar de los elementos, de los dioses, de la percepción, de la vida y de la muerte dentro de una misma arquitectura intelectual. Pensar era todavía una aventura sin departamentos. Quizá por eso me resulta tan fascinante encontrar ahora treinta versos suyos dedicados a algo aparentemente tan cotidiano como la percepción sensorial. Porque mirar, escuchar, tocar o saborear no son para Empédocles actos puramente subjetivos: son acontecimientos físicos en los que el mundo y el organismo entran en relación.

Cuando leo sobre su teoría de los efluvios, encuentro una intuición que, separada de su lenguaje antiguo, resulta sorprendentemente contemporánea. Las cosas emiten partículas o emanaciones que alcanzan nuestros órganos sensoriales y permiten que se produzca la percepción. La visión, por tanto, no sería simplemente una ventana pasiva abierta hacia el exterior. Entre el objeto y quien percibe existe un intercambio material. Algo sale del mundo, algo llega al organismo y algo sucede en ese encuentro. La percepción deja de ser una copia del mundo y comienza a parecerse a una relación física entre dos realidades.

Esta idea me obliga a detenerme en una palabra que utilizamos constantemente sin preguntarnos demasiado por ella: «ver». Decimos que vemos un árbol, una montaña, una persona o una estrella como si ver consistiera simplemente en recibir una imagen que ya estuviera completamente formada ahí fuera. Pero Empédocles introduce una sospecha mucho más profunda: quizá no vemos las cosas directamente. Quizá vemos porque existe un intercambio entre nosotros y ellas. La percepción sería entonces menos parecida a una fotografía y más parecida a un encuentro.

Dos mil quinientos años después, la neurociencia ha convertido la percepción en uno de los problemas más complejos de la ciencia. Sabemos que el cerebro no recibe pasivamente una realidad terminada, sino que construye, integra, anticipa y corrige. La visión depende de señales físicas procedentes del entorno, pero también de la actividad del sistema nervioso, de expectativas, memoria, contexto y atención. El cerebro no contempla simplemente el mundo: participa activamente en la construcción de aquello que experimentamos como mundo.

No quiero convertir a Empédocles en un neurocientífico avant la lettre. Sería una simplificación absurda. Su teoría pertenece a otro universo conceptual, con otra física y otra cosmología. Pero precisamente por eso el hallazgo me parece interesante. No porque Empédocles «ya supiera» lo que hoy sabe la ciencia, sino porque demuestra que algunas preguntas fundamentales sobreviven a las teorías que intentaron responderlas. Cambian las palabras, cambian los modelos, cambian los instrumentos, pero permanece la pregunta: ¿cómo llega el mundo a convertirse en experiencia?

Quizá la grandeza de la filosofía presocrática esté precisamente ahí. No poseía todavía los instrumentos necesarios para responder muchas de sus preguntas, pero tuvo el valor de formularlas sin aceptar que el misterio fuera una razón para abandonar la investigación. Empédocles podía equivocarse sobre la naturaleza física de los efluvios y, sin embargo, estar apuntando hacia un problema que continúa abierto: la relación entre realidad, cuerpo y percepción.

Por eso los treinta versos adquieren una importancia que supera con mucho su extensión. Antes de este hallazgo, gran parte de lo que sabíamos de Empédocles procedía de autores posteriores que lo habían citado, interpretado o utilizado para sus propios argumentos. Conocer a un filósofo principalmente a través de sus adversarios, comentaristas o herederos es como intentar reconstruir una voz escuchando solamente los ecos que dejó en otras habitaciones. Podemos aproximarnos, pero siempre existe una distancia.

Ahora esa distancia se reduce.

Empédocles vuelve a hablar con su propia voz.

Y esto cambia algo fundamental. La historia de la filosofía no es solamente una historia de ideas; también es una historia de transmisión. Cada generación recibe fragmentos de las anteriores y los reorganiza. Lo que llamamos tradición es, en buena medida, una reconstrucción permanente realizada a partir de restos. Un filósofo desaparece, sus libros se pierden, alguien lo cita siglos después, otro lo interpreta, otro lo critica y finalmente nosotros construimos una imagen que puede estar tan determinada por sus supervivientes como por el propio autor.

El papiro introduce una pequeña fractura en esa cadena.

Durante un instante podemos escuchar al filósofo antes de que otros hablaran por él.

Y eso me hace pensar en algo que considero esencial para nuestra relación con el conocimiento: la ausencia de una voz no significa necesariamente la ausencia de un pensamiento.

Un pensamiento puede desaparecer de la tradición y continuar existiendo materialmente en algún lugar desconocido. Puede estar enterrado, fragmentado, deteriorado, catalogado incorrectamente o simplemente esperando que alguien sea capaz de reconocerlo. La historia del conocimiento está llena de silencios que quizá no sean vacíos, sino problemas de acceso.

El papiro de El Cairo es, en ese sentido, mucho más que un documento antiguo. Es una máquina del tiempo sin máquina del tiempo. No nos transporta físicamente al siglo V antes de nuestra era. Hace algo más extraño: permite que una configuración de pensamiento atraviese más de dos mil años y vuelva a entrar en nuestro presente.

Pero el regreso nunca es idéntico.

Empédocles no vuelve a nosotros como volvió a sus contemporáneos. Lo recibimos después de Aristóteles, después de Epicuro, después de la revolución científica, después de la física moderna, después de Darwin, después de la neurociencia y, ahora, después de la inteligencia artificial. El mismo fragmento cambia de significado porque nosotros hemos cambiado.

Ésta es una de las paradojas más hermosas de la historia intelectual: un texto antiguo no permanece antiguo cuando vuelve a ser leído.

Cada época fabrica un nuevo Empédocles.

Y quizá por eso estos treinta versos puedan resultar especialmente provocadores para nuestro tiempo. Su teoría de los efluvios coloca la percepción en una relación material entre el mundo y el organismo. Hoy nosotros hablamos de fotones, ondas electromagnéticas, receptores, procesamiento neuronal, modelos predictivos y representaciones. Las palabras son radicalmente distintas, pero la estructura de la pregunta sigue siendo reconocible: algo ocurre entre el exterior y nosotros, y de ese acontecimiento emerge aquello que llamamos experiencia.

Aquí aparece una cuestión todavía más profunda.

¿Dónde termina el mundo y dónde comienza el perceptor?

Durante siglos hemos tendido a imaginar una separación clara: ahí fuera está la realidad; aquí dentro estoy yo. El mundo existe independientemente y mis sentidos reciben información procedente de él. Pero cuanto más comprendemos la percepción, menos sencilla parece esa frontera. No percibimos una realidad desnuda. Percibimos una realidad filtrada por un organismo, un sistema nervioso, una historia corporal, una memoria y unas expectativas.

Quizá la percepción no sea una frontera.

Quizá sea una zona de intercambio.

Y en ese sentido Empédocles vuelve a resultar sorprendentemente fértil. Su teoría de los efluvios contiene una imagen que podemos reinterpretar filosóficamente: el mundo no está completamente fuera de nosotros ni nosotros completamente fuera del mundo. Algo circula entre ambos.

No necesito aceptar su física para encontrar poderosa su intuición.

Porque también nosotros somos materia que intercambia materia y energía con el entorno. Respiramos el mundo. Comemos el mundo. Recibimos luz del mundo. Escuchamos vibraciones del mundo. Nuestro organismo está continuamente atravesado por procesos que no respetan la frontera conceptual entre «yo» y «exterior». La percepción no ocurre en un sujeto aislado contemplando un universo distante. Ocurre en un organismo inmerso en el mundo.

Y entonces los treinta versos adquieren una resonancia todavía más extraña cuando los observo desde la aparición de la inteligencia artificial.

Las máquinas actuales también perciben.

Una cámara recibe luz. Un micrófono recibe ondas de presión. Un sensor registra cambios en el entorno. Un modelo transforma señales en estructuras interpretables. Pero nosotros todavía discutimos qué significa realmente decir que una máquina «ve» o «escucha».

La pregunta de Empédocles regresa bajo otra forma.

¿Qué significa percibir?

¿Basta con recibir información?

¿Hace falta transformarla?

¿Hace falta construir un modelo interno?

¿Hace falta que exista experiencia?

¿Puede existir percepción sin conciencia?

Estas preguntas, que parecen pertenecer al siglo XXI, encuentran un eco inesperado en un filósofo que escribió hace más de dos mil años.

Y aquí es donde el hallazgo deja de ser únicamente arqueológico para convertirse en filosófico.

Porque cada fragmento recuperado modifica la red de relaciones con la que pensamos el pasado. No recibimos simplemente treinta versos más. Recibimos nuevas conexiones. La historia de Empédocles se modifica. Su relación con los atomistas puede reconsiderarse. Su concepción de la percepción puede adquirir nuevos matices. Y quizá algunas genealogías que parecían sólidas tengan que ser redibujadas.

Esto me parece especialmente importante porque tendemos a imaginar la historia del pensamiento como una línea.

Empédocles.

Demócrito.

Epicuro.

Aristóteles.

La ciencia moderna.

La física contemporánea.

Pero la historia real probablemente se parezca mucho menos a una línea y mucho más a una red parcialmente destruida. Hay conexiones que conocemos, conexiones que suponemos y conexiones que desaparecieron porque desaparecieron los documentos que podían mostrarlas.

Cada nuevo fragmento recuperado no añade simplemente un punto a la red.

Puede cambiar la geometría completa de la red.

Ésta es, quizá, la verdadera potencia de la arqueología intelectual.

No recupera solamente objetos.

Recupera relaciones posibles.

Y eso me lleva nuevamente a la cuestión de la memoria. Durante mucho tiempo hemos entendido la memoria como conservación: recordar sería mantener algo contra el paso del tiempo. Pero el papiro demuestra que conservar no basta. Algo puede sobrevivir físicamente y permanecer intelectualmente muerto durante siglos.

La memoria necesita acceso.

Y el acceso necesita instrumentos.

Cada nueva tecnología modifica aquello que una civilización puede recordar. La escritura permitió conservar palabras fuera del cerebro. Las bibliotecas multiplicaron la memoria. La imprenta aceleró su propagación. La fotografía preservó imágenes. El cine conservó movimiento. La digitalización convirtió cantidades enormes de información en estructuras manipulables.

Ahora la inteligencia artificial comienza a hacer algo diferente: puede aprender a reconocer huellas que anteriormente no sabíamos leer.

Esto conecta Empédocles con Herculano y ambos con una cuestión mayor.

No estamos solamente desarrollando máquinas que generan conocimiento.

Estamos desarrollando máquinas capaces de recuperar conocimiento.

Y quizá ésta sea una de las dimensiones menos exploradas de la revolución de la IA.

Hemos hablado muchísimo de modelos que escriben, dibujan, programan, traducen y conversan. Pero existe otra inteligencia posible: una inteligencia orientada hacia la recuperación de lo que permanece oculto. Una inteligencia que no sustituye la memoria humana, sino que amplía su capacidad de acceso.

Empédocles reaparece entonces como una figura inesperadamente contemporánea.

No porque su teoría pueda trasladarse directamente a la ciencia actual, sino porque su regreso nos recuerda que el conocimiento humano nunca está completamente contenido en aquello que actualmente podemos leer.

Siempre existe un exterior.

Un resto.

Una zona de sombra.

Una biblioteca cerrada.

Un manuscrito ilegible.

Una idea perdida.

Una pregunta que todavía no sabemos formular.

Quizá la verdadera frontera del conocimiento no esté solamente allí donde todavía no hemos descubierto algo, sino allí donde todavía no hemos aprendido a mirar.

Por eso me gusta imaginar aquellos treinta versos no como treinta piezas recuperadas de un cadáver intelectual, sino como treinta pequeñas aberturas en una pared de dos mil quinientos años. A través de ellas no vemos solamente a Empédocles. Vemos también nuestra propia posición histórica. Descubrimos que muchas de nuestras certezas dependen de lo que sobrevivió y de lo que desapareció, de lo que pudo transmitirse y de lo que quedó atrapado en la materia.

Y esto debería hacernos más humildes.

La historia que conocemos no es necesariamente la historia que ocurrió.

Es la historia que consiguió llegar hasta nosotros.

La diferencia entre ambas puede ser gigantesca.

Tal vez dentro de otros dos mil años alguien encuentre un fragmento de nuestro presente y descubra que una idea que considerábamos marginal era en realidad una de las claves de nuestra época. Tal vez nuestros propios archivos digitales, que hoy imaginamos prácticamente eternos, se conviertan en ruinas incomprensibles para quienes vengan después. Tal vez también nosotros terminemos convertidos en una civilización de fragmentos esperando otra inteligencia capaz de reconstruir nuestras señales.

Pensar en ello cambia mi manera de mirar un papiro.

Ya no lo veo como un objeto viejo.

Lo veo como una conversación aplazada.

Empédocles escribió para personas que ya no existen. Sin embargo, algunas de sus palabras han conseguido atravesar la desaparición de quienes las escucharon por primera vez. Han sobrevivido a imperios, lenguas, bibliotecas, guerras, incendios, cambios religiosos y revoluciones científicas.

Y ahora vuelven a nosotros.

No intactas.

No completas.

No inocentes.

Pero vivas de nuevo en el único sentido que importa para una idea: pueden volver a producir pensamiento.

Quizá ésa sea la forma más profunda de inmortalidad que podemos conceder a un filósofo. No conservar su nombre en un catálogo, sino permitir que sus preguntas vuelvan a entrar en nuestra propia conciencia y nos obliguen a mirar de otra manera.

Empédocles hablaba de efluvios y percepción. Nosotros hablamos de fotones, receptores, redes neuronales y modelos predictivos. Entre ambos mundos hay una distancia científica inmensa. Pero debajo de esa distancia persiste una pregunta que parece negarse a morir: ¿cómo se convierte el mundo en experiencia?

Ahora tenemos treinta versos más para pensarla.

Treinta pequeñas huellas que han atravesado más de dos milenios para recordarnos que quizá nunca poseemos completamente el pasado. Solo poseemos las formas de acceso que somos capaces de construir hacia él.

Y tal vez ésta sea la lección más profunda de este descubrimiento: el conocimiento no desaparece únicamente cuando se destruyen las palabras; también desaparece cuando perdemos la capacidad de escucharlas.

Por eso cada fragmento recuperado es algo más que una victoria contra el olvido.

Es una expansión de lo pensable.

Y mientras leo mentalmente esos treinta versos que han esperado tanto tiempo para volver a existir ante nosotros, no puedo evitar preguntarme si Empédocles estaba describiendo solamente cómo vemos el mundo.

Quizá, sin saberlo, estaba describiendo también cómo funciona toda búsqueda humana de conocimiento: algo del mundo llega hasta nosotros, nosotros lo transformamos, y en ese encuentro aparece una realidad que ninguno de los dos poseía por separado.

Después de veinticinco siglos, Empédocles vuelve a hablar.

Y nosotros, por fin, volvemos a tener la oportunidad de responderle.

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