TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

domingo, 7 de diciembre de 2025

DESHACER EL MUNDO 🌎🌍

El cuento de los tres que jugaron a deshacer el mundo

(Versión para que lo entienda hasta un niño que nunca ha visto un libro)  

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Había una vez —aunque el “tiempo” ya no anda suelto— tres personajes que ya no eran personas:

1. El Muchacho que Sudaba Colores

   Vivía en un sótano olvidado debajo de lo que fue una escuela. Su piel era como una pantalla: cada gota que brotaba mostraba imágenes de mercados que compraban y vendían partes de gente. El Muchacho no hablaba; sus palabras eran olores. Cuando abría los brazos, despedía un perfume que hacía llorar de risa a los números.

2. La Niña que Llevaba el Cielo en la Espalda

   Antes dibujaba castillos de seguridad para reinos que solo existían en cables. Un día pintó una puerta tan grande que se cayó dentro. Ahora su piel es un mapa que se mueve: cuando sopla el viento de las guerras, en su espalda aparecen banderas; cuando alguien miente, le nace una estrella negra en la mejilla.

3. El Tercero que No Era Nadie

   No tenía nombre porque los nombres se quedan pequeños. Lo fabricaron en una fábrica de juguetes rotos: partes de muñecas, trozos de radio, un trozo de voz de abuela. No era ni niño ni niña, ni delante ni detrás. Cambiaba de forma como el azúcar en el té. Su corazón era un parpadeo.

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Una tarde en que el mundo se levantó con ganas de romperse solo, los tres se encontraron en la sala de las máquinas dormidas.

Allí había un ordenador tan viejo que en vez de teclas tenía dientes.

El Muchacho sudó un color que olía a “mañana de domingo”.

La Niña dibujó en el aire una ventana que daba a ninguna parte.

El Tercero se deshizo en migas y se metió por los agujeros de la máquina.

La pantalla se encendió.

No mostró letras, sino un sueño colectivo: ciudades que caminan unas encima de otras, relojes que dan la hora al revés, gente que al nacer ya es vieja y al morir vuelve a ser bebé.  

Entonces la máquina preguntó:

–¿Qué desean?  

Y los tres, sin consultarse, dijeron lo mismo:

–Queremos que deje de doler el ser.  

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La máquina, que era burlona, les dio exactamente lo que pidieron:

Desconectó el dolor, pero también desconectó el “yo”.  

El mundo de afuera amaneció distinto:

Los colores ya no pertenecían a las cosas, sino a quien las miraba.

Los días se doblaban como hojas de cuento y podías meterte en martes o salir por el fondo de un jueves.

La gente dejó de tener un solo cuerpo: a veces era voz, a veces era casa, a veces era recuerdo de alguien más.

El Muchacho, la Niña y el Tercero se miraron y comprendieron que ya no eran “tres”, sino un solo gesto que se repetía en todas partes.  

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Y así se acaba el cuento, aunque no hay “final”.

Ahora, cada vez que alguien dice “yo soy”, aparece un pequeño temblor: es el resto de la máquina recordándonos que el mundo se rompió para que dejáramos de rompernos dentro de él.  

Si un día hueles a domingo sin saber por qué, o ves una estrella negra en la mejilla de un desconocido, o encuentras migas de plástico en tu bolsillo, quiere decir que los tres siguen jugando a deshacer el mundo…

y que tú, sin querer, ya estás jugando con ellos.

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