TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

sábado, 20 de diciembre de 2025

la capa de fuego

 

nadie vio el carro.
solo eliseo vio la tela caer —una mancha oscura contra el cielo en llamas— y corrió a atraparla antes de que el viento la llevara al yabbok.

la capa no humeaba. no ardía.
estaba fría.
y olía a sal, sudor y algo más antiguo: el silencio después de una orden cumplida.

los profetas jóvenes murmuraron:
—¿la guardarás como reliquia?
él la extendió al sol.
—no. la lavaré. y la usaré.

así comenzó la costumbre:
cada luna nueva, eliseo sumergía la capa en agua con ceniza de encina y sal del mar muerto.
no para “purificarla”, sino para dejar que el fuego se fuera, poco a poco.

con los años, la tela se volvió translúcida en los bordes, como piel de cebolla.
ya no cubría.
filtraba.

un día, una mujer —con los ojos vacíos de quien ha oído demasiadas voces falsas— le pidió:
—déjame tocarla.
él se la entregó.
ella la apretó contra sus oídos… y lloró.
—¿qué escuchaste? —preguntó eliseo.
—nada.
—entonces funcionó.

porque la capa ya no transmitía el fuego de elías.
transmitía el silencio que el fuego dejó atrás.
y ese silencio, descubrieron, era el único espacio donde una voz nueva —pequeña, temblorosa, humana— podía nacer sin quemarse.

los discípulos empezaron a tejer copias.
no con lana.
con fibras de schoenoplectus —el junco del yabbok— entrelazado con hilos de la capa original.
cada nueva prenda era más delgada, más permeable.
la última generación ya no se usaba sobre los hombros.
se enrollaba alrededor de las muñecas, como un vendaje suave.

cuando le preguntaron por qué, eliseo, ya anciano, respondió:
—elías ascendió.
yo me quedé.
y lo que bajó conmigo no fue poder.
fue responsabilidad por el hueco que dejó.

hoy, en los márgenes del río, hay quienes se sientan en círculo, con las muñecas envueltas en lino translúcido.
no esperan una llama.
esperan el momento en que el viento cesa…
y por fin oyen, no una voz del cielo,
sino el latido del que está a su lado —
temblando,
pero presente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario