TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

domingo, 7 de diciembre de 2025

La Casa de los Corazones Blancos



En la casa de los ecos mudos, aquellos niños vivían como sombras proyectadas en un lienzo inmaculado. Sin padres que los reclamaran del abismo del olvido, sin pasado que los anclara a un mundo de risas rotas o promesas susurradas al oído de la cuna. Eran sombríos niños iguales y sufridos, todos pequeños, todos idénticos en su fragilidad, como copias esculpidas en mármol pálido por un escultor ciego al color. Vestidos de blanco —camisas almidonadas que crujían como alas de mariposa congelada, pantalones que rozaban el suelo sin dejar rastro—, su aspecto era un blanco absoluto, un lienzo virgen donde el sol se negaba a pintar sombras. Hasta sus corazones latían en blanco, un pulso sordo y etéreo; su sangre, si alguna vez se derramaba en un rasguño accidental, fluía como nieve derretida, pura y fría, virgen como nubes que se acumulan en un cielo sin tormenta. Pero eran solos, terriblemente solos, sin pasado que los moldeara ni futuro que los llamara, flotando en un eterno ahora que olía a almidón y a ausencia.

La casa misma era un mausoleo de pureza impoluta, erigida en las afueras de un pueblo que los había expulsado de sus memorias colectivas. Paredes de yeso níveo que absorbían la luz del mediodía sin devolverla, techos abovedados como capillas vacías donde el polvo se posaba en silencio, y suelos de baldosas blancas que reflejaban no rostros, sino vacíos. Los niños, indefensos como polluelos sin nido, observaban desde las ventanas enrejadas —rejas finas como venas de hielo— su prisión invisible. Rodeados de vacío, un aire estancado que pesaba como plomo disfrazado de bruma, sentían la soledad en cada grieta de las paredes, en cada hilo suelto de sus túnicas. Y entonces llegaba él, el cuidador, un hombre de contornos borrosos, con manos que parecían extensiones de las teclas del piano antiguo en el salón principal. Tocaba con dedos huesudos, extrayendo notas que no eran música, sino lamentos disfrazados: un adagio en tonalidad menor que se enredaba en el aire como humo de incienso apagado. Cada tecla presionada era un eco de lo que habían perdido —un padre ausente, una madre que olía a jazmín—, y los niños se congregaban en el umbral, ojos grandes y blancos como lunas menguantes, escuchando cómo la melodía horadaba sus pechos, dejando surcos de silencio más profundos.

No eran de nadie. Nadie los reclamaba en las noches de tormenta, cuando el viento aullaba promesas de rescate que nunca cumplía. Habían perdido el curso del tiempo, ese río caprichoso que arrastra a los mortales de la infancia a la vejez. ¿Crecerían alguna vez? ¿Se harían mayores algún día, con arrugas que narraran historias o canas que contaran inviernos? En sus mentes infantiles, el tiempo era un visitante esquivo, un reloj de arena cuyo grano superior nunca se vaciaba. Uno de ellos, el más pequeño —al que llamaban Sombra, no por oscuridad, sino por su tendencia a desvanecerse en las esquinas—, se acercaba al espejo del pasillo, un rectángulo de plata empañada, y presionaba la palma contra el vidrio. "Mírame", susurraba, pero el reflejo devolvía solo un borrón pálido, un niño eterno, atrapado en el umbral de lo que podría ser. Los otros lo observaban, mudos, preguntándose si el crecimiento era un mito, una fábula para consolar a los que sí envejecían. En sueños compartidos —sueños que se filtraban de cama en cama como niebla bajo las puertas—, veían versiones de sí mismos con cuerpos elongados, voces graves que demandaban nombres propios, pero al despertar, el blanco los reclamaba de nuevo, envolviéndolos en su sudario de inocencia perpetua.

Tenían la felicidad como pariente lejano, un tío excéntrico del que hablaban en susurros durante las horas de luz menguante. La esperaban en días de visita, alineados en el vestíbulo con las manos entrelazadas, ojos fijos en la puerta principal que nunca se abría del todo. "Hoy vendrá", decía uno, y los demás asentían, imaginándola con un sombrero de plumas y una maleta llena de colores —rojos furiosos, azules profundos, amarillos que quemaban como soles—. Pero la felicidad no aparecía nunca; el reloj de pared, con su péndulo de cristal lechoso, marcaba la hora del retiro, y ellos se retiraban a sus cuartos, tristes y desilusionados, arrastrando túnicas que susurraban como hojas secas. Nadie había visto nunca a la felicidad de visita; quizás, pensaban en la penumbra de sus camas compartidas, era un rumor, un eco inventado por los que vivían fuera de estas paredes. En cambio, les visitaba el eco: ecos de risas ajenas que se colaban por las chimeneas, ecos de pasos que nunca llegaban a la puerta. Y en esas noches, el cuidador volvía al piano, tocando una berceuse que no arrullaba, sino que profundizaba la grieta en sus almas blancas.

Y todo era blanco, un blanco que devoraba los bordes del mundo. Las sábanas de las camas, tiesas como pergaminos; los platos en la mesa comunal, que contenían papilla incolora; incluso los libros en la biblioteca polvorienta, cuyas páginas amarillentas se habían blanqueado con el tiempo, borrando las palabras como si el conocimiento mismo se rindiera a la uniformidad. Hasta el cielo sobre la casa era un vasto lienzo níveo, horadado por gotas de lluvia que se desprendían blancas y radiantes, como perlas de leche cayendo de un seno invisible. Caían sobre sus cabezas durante los recreos obligatorios en el jardín empiedrado —un cuadrado de grava blanca rodeado de setos podados en formas geométricas—, salpicando sus rostros con un frescor que no refrescaba, sino que helaba. Una gota se posaba en la mejilla de Sombra, y él la lamía, esperando sabor a sal o a dulce, pero solo encontraba lo insípido, lo puro hasta el hastío. "¿Es esta la libertad?", preguntaba al viento, pero el viento, también blanco en su ausencia de color, no respondía.

En esa casa de blancos eternos, los niños esperaban, no sabiendo que la pureza era su cárcel más cruel: un velo que ocultaba no solo el dolor, sino la posibilidad de mancharse con vida. Y mientras la lluvia continuaba, lavando el mundo en su blancura implacable, uno de ellos —quizás Sombra, quizás todos— soñó con un arcoíris roto, un hilo de color que se filtraba por una grieta en el techo. Al amanecer, la grieta había desaparecido, pero en su palma, al despertar, encontró una mancha diminuta, rosada como el alba de un mundo que aún no recordaban. ¿Crecerían hacia ella, o la blancura los reclamaría para siempre? El piano, en el salón vacío, tocó una nota solitaria, y el silencio respondió con la promesa de otro día inmaculado.

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