nadie sabía quién dejaba el libro.
aparecía cada solsticio de invierno sobre la losa central del templo horizonte cuántico —un edificio sin paredes, construido solo con preguntas bien formuladas.
su encuadernación: hielo glacial, extraído de un estrato donde el tiempo no se apila, sino que se pliega.
las páginas, translúcidas, vibraban levemente, como si contuvieran un pulso detenido.
elise, archivista de ausencias, lo tomó por primera vez a los veintisiete.
sabía las reglas: no guantes, no copias, no prisa.
al contacto, el frío le subió por los antebrazos como un juramento antiguo.
la primera línea se reveló bajo su calor:
“te escribí esta carta antes de haberte conocido.”
la segunda página se deshizo antes de que terminara de leer la primera.
no importó: las palabras no se perdían. se depositaban —en la palma, en la respiración, en el hueco entre dos latidos.
años después, ya con las manos surcadas de cicatrices térmicas, elise comprendió:
el libro no contenía respuestas. contenía testigos.
cada gota que caía al suelo no era pérdida, sino siembra.
donde impactaba, brotaba una flor de cristal que duraba exactamente el tiempo de una decisión: decirlo, callarlo, transformarlo.
en su último solsticio, elise no abrió el volumen.
lo sostuvo frente a su pecho y esperó.
el hielo se derritió sin tocarle la piel —como si el libro, por primera vez, también la reconociera.
al final, solo quedó una frase, flotando en el aire húmedo, escrita con vapor:
“gracias por no intentar salvarme. gracias por dejarme deshacerme contigo.”
y en el suelo, una flor nueva —más frágil que las demás—
ya comenzaba a abrirse.
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