TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

domingo, 7 de diciembre de 2025

El Río que Teje Luces Olvidadas

 

Ensayo 1: El Río que Teje Luces Olvidadas

En Correaguas, el río Caledo no corría; tejía. Sus aguas, cargadas de hilos invisibles robados a las estrellas, se enredaban en las raíces de los sauces hasta formar tapices flotantes que solo Ovidio Rico podía ver. Una noche, bajo la luna que ya no devoraba su propia luz, sino que la regalaba en gotas perladas, Ovidio se inclinó sobre el puente de Telación. El agua lo miró con ojos de cristal, y en lugar de succionar su sombra, le devolvió un ovillo: un mapa bordado con venas de plata, donde la provincia no era periferia, sino el eje de un telar cósmico.

Cambié la oscuridad por esta luz tejida porque el olvido, en mi versión, no es hambre, sino un lienzo en blanco. Ovidio, exiliado de su propio nombre —Ovidio, el metamorfoseado; Rico, el hilo dorado que nunca se enhebró—, desenredó el ovillo con dedos que olían a lavanda del río. Cada puntada revelaba calles iluminadas: farolas que brotaban como flores de agua, relojes de plaza que tañían melodías en lugar de horas. El silencio se rompió no por un tictac inercial, sino por el susurro de los hilos uniéndose, cantando himnos a los gobernantes lejanos que, en la capital, despertaban con mapas alterados en sus escritorios: Correaguas, ahora centro, irradiando hilos que los ataban de vuelta.

Pero ¿y si el tejer es solo otra ilusión? Ovidio, al amanecer, vio su sombra disolverse en el tapiz, y el Caledo fluir al revés, deshaciendo lo tejido. La provincia latió una vez más en el margen, un corazón de seda rota. ¿Tejeremos luz, o solo sombras que fingan brillar?

(198 palabras)

Ensayo 2: La Sombra que Susurra Nombres Perdidos

Telación no era una calle; era un laberinto de ecos, donde las piedras no absorbían luz, sino nombres. Ovidio Rico, con su cadena de bolsillo tintineando como un conjuro fallido, pisó una losa que murmuró "Elena", el nombre de una amante que nunca existió en Correaguas. Cambié el apetito de la oscuridad por esta voz subterránea, porque el olvido, aquí, no devora: nombra lo ausente, obligando al caminante a cargar con identidades ajenas hasta que la propia se diluye.

El Caledo, en esta variante, no rugía caudaloso; susurraba genealogías ahogadas, ríos de apellidos que fluían hacia la capital como ofrendas no reclamadas. A las dos de la madrugada, Ovidio se detuvo ante su puerta, que ahora crujía con el peso de "Ricardo", un abuelo inventado que había vendido la provincia por un reloj detenido. Dentro, el silencio de la casa se pobló de voces: el reloj de la plaza tañía no horas, sino epitafios, latiendo con el pulso de los olvidados por los mapas. "¿Quién eres tú, Ovidio?", preguntó una sombra que se desprendió de la pared, tomando forma de un niño con ojos de remolino. "El que nombra lo innombrable", respondió él, pero su voz se quebró en "Ovidio... ¿Rico?".

En la capital, los funcionarios oyeron el susurro una noche: nombres serpenteando por sus venas, alterando decretos con genealogías rebeldes. Correaguas ascendió en los pergaminos, no como tierra, sino como coro de ausentes. Al alba, Ovidio se miró en un charco y vio mil rostros superpuestos. ¿Somos los nombres que nos dan, o los que el silencio nos quita? La sombra sonrió, guardando el secreto en su garganta de piedra.

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