Hay sistemas que fracasan porque toman una decisión equivocada. Otros desarrollan un mecanismo más peligroso: convierten cada intento de corregirse en una nueva causa de su fracaso.
La diferencia es fundamental. En el primer caso, basta con identificar el error y sustituir la decisión. En el segundo, el problema está en el circuito que conecta las decisiones con sus consecuencias. El sistema actúa, observa lo sucedido y vuelve a actuar, pero cada respuesta refuerza aquello que pretendía corregir.
Pensemos en una empresa cuyas ventas disminuyen. La dirección exige aumentar la actividad comercial, multiplica los indicadores y presiona a los vendedores. Estos comienzan a priorizar los resultados inmediatos, descuidan las relaciones con los clientes y deterioran la confianza. Las ventas empeoran y la dirección responde aumentando todavía más la presión. Lo que comenzó como una medida correctiva termina alimentando el fracaso.
Este fenómeno puede entenderse mediante la retroalimentación. Un circuito amplificador refuerza una tendencia; uno estabilizador introduce correcciones que limitan las desviaciones. Ninguno es bueno o malo por naturaleza. El problema aparece cuando el sistema pierde la capacidad de distinguir cuándo debe insistir, cuándo necesita cambiar de estrategia y cuándo ha llegado el momento de detenerse.
Aquí surge una cuestión que afecta tanto a las personas como a las organizaciones: ¿puede la capacidad de actuar convertirse en una incapacidad para dejar de actuar?
La perseverancia suele considerarse una virtud, pero sin mecanismos de revisión puede transformarse en una trampa. Cuanto más se invierte en una estrategia, más difícil resulta abandonarla. El esfuerzo acumulado comienza a utilizarse como justificación para continuar, incluso cuando los resultados aconsejan lo contrario.
Por eso, la inteligencia no debería medirse únicamente por la capacidad de encontrar soluciones. También exige reconocer cuándo nuestras propias respuestas están agravando el problema.
A veces, el cambio decisivo no consiste en hacer algo mejor, sino en interrumpir el mecanismo que nos obliga a repetir lo mismo.
Un sistema demuestra su inteligencia no solo cuando sabe cómo continuar, sino también cuando es capaz de descubrir por qué debería dejar de hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario