TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

miércoles, 7 de octubre de 2026

Son las 14:00 h.

Son las catorce horas.

El calor del delta del Mekong aplasta la madera del muelle de Sa Đéc. A las ocho, el río era gris. Ahora brilla como metal líquido.

Hélène lleva un sombrero de ala ancha, de fieltro masculino. Tiene quince años y medio. La seda se le pega a la espalda. No mira el río. Mira las grietas del cemento.

Trần se acerca.

Traje de lino blanco. Fedora. Las manos le tiemblan.

—Tienes calor.

—Siempre hace calor.

—Sube al coche.

El interior huele a cuero, aceite y sándalo. Hélène se sienta atrás. Trần delante, junto al chófer.

El coche arranca.

A las quince cruzarán el puente.

A las diecisiete estarán en la frontera.

A las veinte se apagará la luz.

Hélène no sabe por qué conoce esas horas.

El motor vibra bajo sus pies.

—Eres muy joven —dice Trần.

—Lo sé.

—Tu familia no sabe que estás aquí.

—No saben nada.

Un carro de bueyes corta la carretera. El chófer frena. El olor del estiércol entra por las ventanillas, mezclándose de pronto con el perfume de gardenias que permanece en el cuello de Hélène.

Trần enciende un cigarrillo.

—¿Por qué me mirabas en el ferry?

—Por el sombrero.

Hélène mira el cristal.

El humo se queda atrapado bajo el techo, denso y azulado.

El carro se aparta.

Siguen.

El Mekong aparece entre los árboles, marrón y lento, arrastrando camalotes silenciosos.

La mano de Trần asoma por encima del respaldo.

Hélène la mira.

Los dedos tiemblan con un compás antiguo.

Ella baja los ojos.

Cuenta las costuras del asiento.

Una.

Dos.

Tres.

La mano sigue allí, suspendida en el aire.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

El motor.

Siete.

El río.

Ocho.

El polvo contra el cristal.

Nueve.

Diez.

Cuando llega a doce, no oye el motor.

Oye el giro cansado de un ventilador de techo en una habitación cerrada.

Abre los ojos.

Sigue en el coche.

El reloj del salpicadero marca exactamente las quince.

Trần mira hacia delante, con la vista fija en la carretera de tierra.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Pero Hélène acaba de ver una persiana de madera cerrándose en el aire.

Un ventilador.

Una cama de sábanas blancas.

Y una sombra detenida junto a la puerta, esperando a que alguien cruce el umbral.

Parpadea.

Todo desaparece, tragado de nuevo por la luz cegadora del delta.

El coche continúa hacia la frontera.

Hélène mira su reflejo en la ventanilla.

Durante un instante no reconoce el rostro que la devuelve.

Luego sí.

Es el suyo.

Solo que el reflejo la está mirando a ella desde un lugar que todavía no ha sucedido.

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