TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

miércoles, 7 de octubre de 2026

La Estación del Archivo


Cuando llegaron a la estación, todos los relojes marcaban las cuatro y diecisiete. No las cuatro y diecisiete de aquella tarde. Las cuatro y diecisiete. Eso fue lo primero que nos pareció extraño, aunque en circunstancias así uno tiende a aceptar las anomalías con una paciencia moderada, casi educada. Lo segundo fue que ninguno de los dos había quedado allí con el otro.

Ella llegó por el andén abandonado, con una fotografía doblada cuatro veces dentro del bolsillo del abrigo, caminando con esa lentitud contenida de quien cree reconocer un lugar en el que nunca antes había estado. Yo aparecí por el lado contrario, sin equipaje, habiendo dejado de acumular cosas mucho tiempo atrás.

Nos encontramos bajo el antiguo cartel de clasificación, donde algunas letras habían desaparecido y otras se sujetaban al metal por una obstinación silenciosa. Ninguno preguntó quién era el otro. Durante unos segundos nos limitamos a guardar las distancias, con esa cortesía antigua de los desconocidos que comparten un refugio contra la lluvia.

Después, ella preguntó:

—¿También lo he oído?

Tardé un momento en responder.

—Todavía no.

Ella frunció levemente los labios. Entonces lo oyó. Un golpe seco procedente del interior del edificio. Luego otro, y otro. No eran golpes contra una puerta; parecían venir del fondo de algo inmenso y olvidado.

—Estoy buscando a alguien —dijo ella, sacando la fotografía.

Miré hacia la penumbra del vestíbulo.

—Yo ya no.

Caminamos unos veinte metros por un pasillo que resultó no ser interminable, sino extrañamente repetitivo. La misma ventana rota, la misma columna inclinada, el mismo fragmento de rótulo con tres letras: DEV...

Ella se detuvo junto a una pequeña mancha de humedad en el suelo. En el centro descansaba un botón negro. Lo recogió con una delicadeza distante.

—Esto estaba en mi abrigo —dijo—. Lo perdí hace once años.

No añadí nada. En aquel instante sonó de nuevo el reloj. Las cuatro y dieciocho. El sonido ya no venía de fuera; parecía resonar en el interior de nuestras sienes. Ella cerró los ojos un instante, y supe que había visto una habitación blanca, una mesa y una carta que aún no le había sido entregada.

—Tenemos que encontrar el archivo —murmuró.

—¿Qué archivo? —pregunté.

No supo qué contestar. Al decirlo, la pared del fondo se desplazó con un crujir sordo, como si una estancia entera acabara de acomodarse en otra parte de la memoria.

Entre el yeso agrietado apareció una línea vertical, perfectamente recta. Y debajo de ella, una frase escrita con una caligrafía torpe, infantil, que reconocí antes de terminar de leerla:

NO ABRAS LA PUERTA QUE TODAVÍA RECUERDA TU NOMBRE.

Me quedé mirando la letra durante un tiempo prudente. Era mía. Y debajo, trazada con la misma tinta de carbón, había una fecha. La fecha de mañana.

La mujer me miró y, por primera vez, vi una sombra de temor verdadero en sus ojos. El reloj marcó las cuatro y dieninueve. El aire cambió, volviéndose denso, impregnado de un olor a papel viejo y a lluvia antigua.

La pared cedió sin resistencia, revelando una mesa de madera gastada y, sobre ella, una carta abierta bajo una luz ceniza que no pertenecía a este mundo. Ella dejó caer el botón negro al suelo.

Di un paso al frente, consciente de que ciertas cosas, una vez dispuestas de este modo, rara vez admiten una vuelta atrás.......La Estación del Archivo (Continuación)

La carta estaba dirigida a mí. No aparecía mi nombre, pero no hacía falta. Reconocí el sobre antes de tocarlo: el papel amarillento, la doblez en la esquina inferior, incluso aquella pequeña mancha oscura junto al sello. Había visto todo aquello antes, aunque mi memoria se empeñara en guardar silencio sobre el cuándo.

Ella permanecía detrás de mí, inmóvil en la penumbra ceniza.

—Ábrela.

No lo hice. Con los años uno aprende que ciertas cosas no se vuelven peligrosas por el hecho de ignorarlas, sino en el preciso instante en que se confirman.

—¿Qué estás buscando? —pregunté.

—A alguien.

—¿A quién?

Sacó de nuevo la fotografía del bolsillo del abrigo. Esta vez no me volví para mirarla.

—A mí misma.

El reloj volvió a marcar las cuatro y diecinueve. La aguja de los minutos tembló con un rechinar metálico y, con un parpadeo imperceptible, retrocedió un compás.

Cuatro y dieciocho.

Ella dejó escapar una respiración corta, un soplo frío en el aire estancado de la estancia.

—Eso no debería ocurrir.

—Aquí dentro parece que ocurre todo lo que la lógica prefiere pasar por alto —repliqué.

Bajé la vista hacia el sobre. En el reverso alguien había trazado una segunda frase que no estaba allí cuando nos acercamos a la mesa.

NO LA ABRAS HASTA QUE ELLA RECUERDE.

La mujer palideció de golpe, perdiendo el escaso color que el encierro le había dejado en las mejillas.

—¿Recordar qué?

En ese instante, el mecanismo interno de la revelación encajó con un chasquido sordo. No era la carta lo que aquel espacio llevaba décadas esperando. Era ella.

Le tendí la fotografía sin apartar los ojos de su rostro.

—Mírala otra vez.

La sostuvo entre los dedos con una fragilidad extrema, observando los pliegues durante unos segundos interminables antes de levantar la cabeza. Sus labios apenas se movieron.

—No.

—¿Qué ocurre?

Su voz se convirtió en un hilo casi inaudible, ahogado por el rumor lejano de aquel mar interior.

—No estoy en la fotografía.

Sentí un frío repentino recorrer la base de mi columna.

—Entonces, ¿quién es?

No respondió. Caminó con pasos lentos hacia la mesa de madera gastada y depositó la imagen junto a la carta.

En la superficie del papel fotográfico aparecía la misma estación. El mismo vestíbulo. El mismo cartel con las letras semiborradas. Y nosotros dos, de pie bajo el letrero de clasificación, exactamente igual que hacía un momento.

Solo había un detalle que lo alteraba todo.

La fotografía estaba fechada once años atrás. Y la mujer que acompañaba a mi reflejo en aquella imagen llevaba puesta una ropa distinta, con una expresión de ausencia que nosotros aún no habíamos tenido tiempo de aprender.

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