TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

domingo, 11 de octubre de 2026

La última frontera del alba

 



Caminaba. La luz lo llamaba desde detrás de la colina como un corazón que no termina de decidirse. Señal pobre, casi nada, un parpadeo en la noche ancha. El viento del páramo le ponía sal en el cristal de los ojos. Alguien había dejado una ventana encendida allá lejos. No era para él. Nunca es para nadie.

El río se había llevado su nombre. Sin violencia. El agua disuelve, el agua perdona, el agua olvida primero. Ahora era un hombre sin historia, limpio de sí mismo, un peregrino anónimo que caminaba hacia el origen como se camina hacia una herida que por fin cicatriza.

En la linde del refugio: una puerta abierta en la niebla. Sin cerradura. Sin guardián. Las linternas titilaban en fila india sobre la cresta, marcando el confín del mundo conocido. Qué frágil es el mundo conocido. Qué poco dura.

Llegó la hora tranquila antes del amanecer. Ese instante donde el frío cede. Donde el cielo se vuelve gris como la verdad cuando por fin se dice.

Junto al umbral comprendió. No quedaban distancias. La rueda —esa rueda que giraba dentro de él, incansable, absurda— se detuvo. Y en ese detenerse, el camino se hizo destino. El destino se hizo lugar. El lugar se hizo nada. La nada se hizo paz.

No cruzó. No retrocedió. Estaba.

El alba abrió su última frontera. Él sonrió. Había llegado a casa sin saber que la buscaba.

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