TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

miércoles, 22 de octubre de 2025

El Destilado de la Ilusión

 


Dentro de la botella quebradiza, en lo alto del anaquel, se condensa una antigua alquimia. Basta mirarla para que el pecho se llene de náusea y de olvido. La lámpara de aceite, temblorosa, gasta su llama consumiendo el verde brillo líquido del sortilegio: esa mezcla imposible de hiel y azúcar que alguna vez tuvo el color de tus ojos.

Nada se rompe afuera; todo se destila adentro.
La botella no es de vidrio, sino de memoria.
Sus grietas no las causó un golpe, sino la resistencia a soltar lo que ya no vibra.

El líquido que guarda no es amor: es dependencia disfrazada de magia. Una dulzura tóxica que prometía redención, pero solo alimentaba la sed.
Quien la observa no quiere beber, sino presenciar la evaporación. La lámpara no ilumina: consume. Es la presencia que agota el tiempo, el fuego que transmuta el recuerdo en pureza. Su luz no destruye el sortilegio; simplemente vibra más alto que él.

Entonces, en el último instante, cuando el último vapor verde se disuelve en el aire, llega al pecho una revelación silenciosa:
la náusea y el olvido no son castigos, sino el modo en que la conciencia se sana.
La náusea es el cuerpo rechazando la falsedad del hechizo; el olvido es el vacío que queda cuando la ilusión se evapora, espacio fértil donde brota lo nuevo.

El cuerpo no se rompe; el cristal se vuelve aire.
La fragilidad se transmuta en transparencia.
Y en el anaquel de la memoria solo queda la forma del vacío, el suspiro de lo que alguna vez fue amor y ahora es libertad.

Porque al final, la llama fue el único sortilegio.
El olvido, la única coherencia.
Y el sabor de la hiel, ya sin azúcar,
el primer sabor de la propia verdad.

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