Dentro de la botella quebradiza, en lo alto del anaquel, se condensa una antigua alquimia. Basta mirarla para que el pecho se llene de náusea y de olvido. La lámpara de aceite, temblorosa, gasta su llama consumiendo el verde brillo líquido del sortilegio: esa mezcla imposible de hiel y azúcar que alguna vez tuvo el color de tus ojos.
Nada se rompe afuera; todo se destila adentro.
La botella no es de vidrio, sino de memoria.
Sus grietas no las causó un golpe, sino la resistencia a soltar lo que ya no vibra.
El líquido que guarda no es amor: es dependencia disfrazada de magia. Una dulzura tóxica que prometía redención, pero solo alimentaba la sed.
Quien la observa no quiere beber, sino presenciar la evaporación. La lámpara no ilumina: consume. Es la presencia que agota el tiempo, el fuego que transmuta el recuerdo en pureza. Su luz no destruye el sortilegio; simplemente vibra más alto que él.
Entonces, en el último instante, cuando el último vapor verde se disuelve en el aire, llega al pecho una revelación silenciosa:
la náusea y el olvido no son castigos, sino el modo en que la conciencia se sana.
La náusea es el cuerpo rechazando la falsedad del hechizo; el olvido es el vacío que queda cuando la ilusión se evapora, espacio fértil donde brota lo nuevo.
El cuerpo no se rompe; el cristal se vuelve aire.
La fragilidad se transmuta en transparencia.
Y en el anaquel de la memoria solo queda la forma del vacío, el suspiro de lo que alguna vez fue amor y ahora es libertad.
Porque al final, la llama fue el único sortilegio.
El olvido, la única coherencia.
Y el sabor de la hiel, ya sin azúcar,
el primer sabor de la propia verdad.
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