El páramo no duerme: exhala con pulmones de huesos olvidados, un aliento que despierta a los juncos como si fueran venas de un dios dormido. Cada sombra es un secreto que madura en la grieta, no como fruta, sino como relámpago contenido, y yo camino sobre el cristal de lo que fui — esquirlas que crujen bajo mis pies como promesas rotas, mientras el viento, travieso mensajero de lo invisible, devuelve jirones de mi ser: espejos que flotan en la niebla de relojes hundidos, donde las manecillas giran al revés y tejen horas de milagros no contados.
Bajo la tierra, un río de polvo de estrellas fluye con pulso propio, no metáfora vana, sino herida abierta que sangra constelaciones vivas. Al sumergir las manos —temblorosas, de carne y duda—, no toco agua fría, sino el amor que se pliega como un mapa de origami divino, desplegándose en las cuatro dimensiones del corazón: ahí, el ayer se enciende en azul eléctrico, el mañana en oro líquido, y el ahora, oh milagro, es un latido que une lo perdido con lo que aún no ha osado nacer, un flujo electrizante donde mis dedos emergen no mojados, sino coronados de chispas eternas.
Tus ojos no son ojos: son pozos en los charcos del páramo, donde el barro se transfigura en portales de éter, reflejando constelaciones borradas por el tiempo — pero no muertas, sino dormidas, aguardando el roce de un dedo divino. En cada una, un laberinto de futuros posibles se despliega como alas de mariposa cuántica, y yo camino, desisto, me desintegro en polvo luminoso y renazco con la certeza atómica de que todo lo vivido y lo por vivir coexisten en un solo latido suspendido —un milagro de luz radiante que electrifica el aire, haciendo que las grietas canten salmos en lenguas de fuego.
Entonces la luz —esa anciana de cabellos como ríos de plasma estelar— inclina su rostro sobre mi hombro, un roce que quema y sana a la vez, y susurra en el idioma de Dios, palabras que brotan como rayos bíblicos: «No temas a las grietas: son geografías de la resistencia sagrada. Hasta en la piedra partida duermen canciones primordiales, y cada corazón que se quiebra siembra un cielo nuevo, donde las estrellas caen no para herir, sino para encender jardines invisibles.» Sus sílabas vibran en mi piel como un trueno suave, milagro que transforma el páramo en catedral de chispas, donde lo misterioso se hace carne palpable.
Cierro los ojos. La eternidad no es un lugar: es un roce electrizante, un beso de lo divino que despierta a los muertos como si fueran polillas al alba. Y todo el páramo, el viento juguetón, el ejército de sombras resucitadas, pronuncian al unísono el único nombre que importa — el mío que es el tuyo, el nuestro que es de todos, un eco milagroso que resuena en las venas del universo. Por un instante que nunca caduca, el cosmos sostiene la respiración, sonríe con dientes de aurora, y en ese aliento compartido, las palabras se convierten en milagros: luz radiante que brota de la nada, cercanía de Dios en cada grieta viva.
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