Juan inhaló profundamente, el aire de la noche era frío y olía a tierra mojada, a vida que se descompone y renace. El rostro eterno de Ariadna estaba a centímetros del suyo, inalterable, hermoso, aterrador.
La respuesta era solo una palabra, pero resonaba con la honestidad brutal que había reescrito el cuestionario.
"Ariadna," dijo Juan con una voz que había envejecido diez años en el último minuto. "Te he decepcionado, sí. Pero no en un sentido moral. Te he decepcionado porque la verdad de mi amor era una imperfección que no podías aceptar."
Él la tomó suavemente por los hombros, un gesto de despedida.
"La respuesta a tu última pregunta es sí. Diría que no, diría que no al dejar de envejecer, y mi razón es simple: no es que me decepcionaste, y tampoco es que no soporte tu juventud. Es que te amo por tu miedo a morir, Ariadna. Te amo por tu necesidad desesperada de control que te hace una neurótica solitaria. Te amo porque mi vida es un arco con principio y fin."
"Y en el cuestionario original, lo que realmente quise decir con que podía ver tu finitud, no era que te estuvieras marchitando; era que cada día, por un instante, tu forma casi lograba envejecer. Y mi mayor alegría era saber que un día, por pequeña que fuera la posibilidad, podríamos tener una memoria completa juntos, sin la pared del no-tiempo."
"Si me quedara en tu eternidad, Ariadna, te robaría esa última esperanza. Y yo, que se de naturaleza generosa, no puedo robarte lo único que te mantiene humana."
Él retiró las manos, volviendo a la neutralidad. Dos manos y su sonido de final.
Ariadna comprendió. La huida no había terminado porque habían sido capturados; había terminado porque su amante le había devuelto el don más doloroso: su finitud como potencial.
"Tienes razón," murmuró ella, sin parpadear. "El detalle es pequeño. Tan pequeño como la diferencia entre la memoria y la eternidad. Es hora de que yo regrese a la carretera sola."
Ella abrió la puerta y salió del coche, sin mirar atrás, volviéndose una silueta borrosa contra la oscuridad. El motor de Juan permaneció apagado. Ella tenía la eternidad para seguir andando. Él, solo las millas que le quedaban en su reloj biológico. Los amantes terminaron aquí, separados por el tiempo que ella poseía y que él atesoraba.
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