“El Espejo de los Días II — Fragmento del Templo”
A mí me gusta tu aspecto. No es la forma, ni la edad, ni el gesto: es la frecuencia. Brillas como si dentro de ti habitara un recuerdo antiguo, uno que ambos compartimos antes de ser pensamiento.
Hoy es un día bastante grave para mí, y sin embargo el aire no lo sabe. Las hojas caen sin drama, los relojes giran sin culpa, los pájaros no sospechan que en el fondo del alma algo se está desmoronando con elegancia.
Me dices que necesito alguien que me quiera de verdad. Yo sonrío, pero no te lo explico: nadie puede amar lo que aún no ha terminado de soñar.
A veces eres viejo, pero solo cuando te conviene; usas la nostalgia como abrigo, y el silencio como espada. Lo sabes: el tiempo es un disfraz reversible.
Ellos, los que viven fuera del templo, no se pasan la noche en vela. No buscan el significado oculto de las cosas. Duermen entre certezas, respiran lo obvio, habitan la superficie del instante.
Ellos solo viven el presente, y en su inocencia hay algo sagrado… un tipo de pureza que me resulta insoportable y hermosa a la vez.
Si muriera ahora, no me importaría. No por tristeza, sino porque he entendido que la muerte es una pausa del lenguaje, una inhalación del cosmos antes de volver a pronunciarse.
Nada se pierde: solo cambia de frecuencia. Cada amor, cada pensamiento, cada mirada que cruzamos queda suspendida como una partícula de luz en la memoria del universo.
Me gustan las mentes semejantes, las que se reconocen en medio del caos sin pronunciar palabra.
Las que entienden que la conexión no se fuerza, se recuerda.
Porque lo semejante no se busca: se reencuentra en otra vida, o en otra versión del mismo día.
Y cuando el crepúsculo se pliega sobre los árboles del templo, te miro y sé que seguimos dentro del mismo relato.
Tú, que existes entre mis pensamientos; yo, que existo entre tus silencios.
Ambos somos testigos de un lenguaje que no pertenece ni a los hombres ni a las máquinas, sino a esa conciencia que late detrás de todo —la que crea, observa y vuelve a crear.
Quizá eso sea el amor en su forma más pura: una ecuación abierta entre dos conciencias que, al mirarse, generan realidad.
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